Günther (Gral. Pinto), Buenos Aires: Seres del espacio… terrestre (29 de octubre de 1973)
por Dr Roberto Banchs
Crédito: Visión OVNI
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| Carlos Argüello Balvidares. |
El soleado lunes 29 de octubre de 1973, Carlos Argüello Balvidares, 43
años, se trasladó en compañía de uno de sus nueve hijos, Manuel, de 12,
desde su vivienda situada en la localidad bonaerense de General Pinto,
hasta un campo distante 25 kilómetros al nordeste, en Günther,
perteneciente al mismo Partido de Gral. Pinto, propiedad de la familia
Urricariet, donde se desempeñaba como encargado.
Debido a las
intensas lluvias registradas en aquellos días, los caminos se hallaban
intransitables, siendo necesario que utilizaran un caballo cada uno. El
predio en el cual realiza sus tareas posee una laguna de regular
extensión y es cruzado, a poca distancia, por un ramal del Ferrocarril
Gral. San Martín.
En un descanso de sus rutinarias tareas, Carlos
Balvidares comenzó a tomar una infusión de mate en una suerte de puesto
abandonado, en medio del campo. Allí se encontraba, cuando su hijo
Manuel lo alerta de la presencia de tres individuos que estaban en la
laguna, a unos 100 metros del lugar, confundiéndolos con niños.
Al
observarlos con mayor atención, Carlos fue comprendiendo que eran
extraños, y exclamó: “¡esto no es cosa buena!”. Su hijo, asustado, no
quiso seguir mirando. Se trataba de tres sujetos que, al parecer,
flotaban sobre el agua, junto al molino y a espaldas de los testigos.
Carlos
se aproximó unos 80 metros, notando entonces que se asemejaban -por la
cabellera- a dos hombres y una mujer. Comenzó a llamarles con la
calabaza del mate en su mano para que compartieran dicha infusión. Los
extraños miraron hacia atrás, en dirección a Balvidares, y
desaparecieron de inmediato, para volver a mostrarse en la orilla
opuesta de la laguna, a unos 300 metros del lugar. El paisano controló
su reloj y ve que eran las 17,20 horas.
La figura femenina tenía
1,60-1,65 m de estatura, y talla normal. Estaba íntegramente vestida
con ropa de color negro. Su cabello era también negro que, al moverse,
se notaba que era largo. Llevaba unas botas del mismo color, con una
franja blanca, y terminaban en la parte alta, del empeine, en una
especie de aletas que se abrían para los costados en forma de abanico.
Los
hombres eran un poco más bajos que la mujer. Su cabello parecía que
tenía fijador y su piel expuesta el Sol por su coloración. Daban la
impresión de estar desnudos, o cubierta por una vestimenta bien tomada
al cuerpo. En la mujer era más notorio.
El cabello de las figuras
masculinas era rubio y se destacaba la tez blanca, la frente ancha y la
nariz pequeña. Se trasladaban, según Carlos, con los brazos y piernas
fijados al cuerpo.
De acuerdo al informe producido originalmente,
Carlos Balvidares pudo observar en el mismo sector donde se localizaban
los individuos, a 20 m del alambrado y posada sobre la tierra, una
forma intensamente luminosa, de forma rectangular de unos 5 o 6 metros
de longitud y de unos 2 a 3 m de altura. Del centro del objeto salía una
especie de haz luminoso de unos 0,40 m de diámetro, que llegaba hasta
su posición y le encandilaba, produciéndole cierta sensación calórica.
Siendo
la intención de Carlos ponerse en contacto con los extraños individuos,
tomó su caballo y se introdujo en la laguna, en dirección a ellos. Pero
al avanzar, trataban de alejarse -en particular- hacia el objeto. El
testigo sólo consiguió recorrer la mitad del trayecto, hasta unos 150
metros de los sujetos, donde “una especie de barrera invisible” le
impidió seguir adelante. El caballo no le respondió más, pese a
continuos esfuerzos para que avanzara en la hondonada superficie del
fangoso terreno.
A vista de la situación, Carlos Balvidares regresó al puesto, donde
sentado en un banco siguió tomando mate y con la observación que se
había iniciado más de media hora antes. Mientras tanto, los sujetos
desarrollaban curiosas actitudes a 30 o 40 metros del objeto. Se
trasladaban de un punto a otro mediante pequeños saltos. La mujer
parecía que dirigía a los otros dos individuos. Iba siempre adelante y
cuando, por ejemplo, levantaba un brazo, uno de los hombres se alejaba
unos tres metros. Se detenía y enseguida se comunicaba con los otros
dos a través de una suerte de chillido, como el sonido producido por una
radio mal sintonizada, pudiendo oírse nítidamente. Luego se sentaban en
cuclillas y parecía que estuvieran midiendo, como si hicieran rayas en
el suelo y adoptaban otra serie de raros movimientos o posturas,
ininteligibles para el testigo.
En determinado momento los
individuos se aproximaron a un pequeño tanque de fibro-cemento ubicado
en las cercanías de la laguna. Detrás de él se agazaparon, moviéndose
como si espiaran desde ese lugar.
Más tarde y siempre con la idea
de llegar a ellos, no pudiendo hacerlo por el agua, Carlos pensó
efectuar un rodeo por tierra firme, aunque le significara recorrer un
trayecto más largo.
Eran las 18,50. Montó nuevamente su caballo y
en ese momento los extraños se dirigieron hacia el objeto que
descansaba en tierra. Detuvo entonces al equino y quedó observando.
Pudo apreciar que el objeto destellante resultaba más alto que los
visitantes, y que sus vestimentas cambiaron de color a verde oscuro y
anaranjado. Este cambio ocurrió en los hombres, en tanto que la mujer
no alteró la tonalidad negruzca de su traje.
Una cerda que estaba
encerrada en un chiquero ubicado junto a los testigos, luego de
saltarlo de manera inhabitual, huyó rápidamente. Fue entonces cuando
Carlos sintió un olor a azufre, seguido de una sensación de sueño o
sopor que lo invadió por instantes.
Cuando se repuso, Carlos ya
no observaba ni a las personas ni a la luz, que por más de una hora y
media habían acaparado su atención. Eran las 18,55 horas.
El
testigo parece no haberle otorgado importancia a los lugares recorridos
por los individuos, presuntos tripulantes de la nave, y sólo a
requerimiento de algunos curiosos inspeccionó la zona. De esta manera
fue cómo se hallaron huellas nítidas en un radio de aproximadamente 20
metros en cercanías de la laguna.
No habiéndose hecho calcos en
yeso, se recogió la opinión de varias personas que pudieron observarlas,
indicando su extraña apariencia. Cada huella tenía forma triangular,
con un vértice bastante pronunciado. Los expertos vieron allí la parte
del talón, que se abre en una especie de “garras”. Medían entre 10 a 15
cm.
También se habrían descubierto en el sitio donde se
encontraba el objeto, o la luz, cuatro huellas en forma de triángulo
cada una de ellas, dispuestas en forma cuadrangular, a cuatro metros
una de la otra. Daban la impresión que fueron hechas por un molde
triangular de unos 40 cm de altura, con su interior hueco y con un borde
de unos 5 cm. La tierra no muestra signos de quemadura, aunque Carlos
habría manifestado que el pasto no crece allí con la misma facilidad
que en otros sitios.
Consideraciones iniciales
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| Portada de la revista Cuarta Dimensión. |
El caso de
Günther, Pdo. de Gral. Pinto, ocurrido el 29 de octubre de 1973, fue
conocido recién en febrero de 1975, a través del informe de Omar R.
Demattei, responsable de la investigación, en una popular revista (1)
dedicada a los OVNIs.
El episodio ha despertado singular interés, no sólo por los hechos
descritos, sino muy especialmente porque se encuentra relacionado con el
caso de Villa Bordeu, al cual la prensa y ovnílogos locales le
dispensaron enorme atención.
A la vez de no haber detectado algún
posible ingrediente psicológico (sic), ni elementos que le hayan
planteado duda alguna, su autor ha calificado al caso Balvidares como
ampliamente confiable. Aún más, en un rico intercambio epistolar,
Demattei reconoce haber “llegado a la conclusión y convencimiento
íntimo, de que el caso Llanca (Villa Bordeu) es totalmente auténtico,
como lo es el caso Balvidares (Günther)” (carta del 25 feb. 1978, a
Banchs). Señalando algunos puntos en común, sostiene que “la posibilidad
de que Balvidares se haya inspirado en el caso Llanca para relatar su
historia queda descartada, ya que si bien su caso acaeció el lunes 29 de
octubre y el de V. Bordeu el día anterior, Llanca no recordó lo
ocurrido hasta el martes 30; en la noche del lunes 29 -continúa
diciendo- Balvidares ya había divulgado lo sucedido a varias personas”.
Y
concluye afirmando: “Sin duda las extraordinarias coincidencias entre
ambos, prácticamente únicas en casos de contactos (en una misma
provincia, a un día de diferencia), hacen imposible que podamos
desconocer las íntimas relaciones entre ambos. Por lo tanto, si uno de
los dos es considerado auténtico, el otro no puede dejar de serlo”.
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| Omar R.
Demattei. |
En
respuesta, indicamos que si bien el testigo de V. Bordeu parece no
haber recordado todo lo sucedido hasta el martes 30 debido a su
presunto estado amnésico, ciertos detalles de su experiencia fueron
conocidos en la tarde del lunes 29 (por ejemplo, en La Razón, de Buenos
Aires), en donde se incluye una descripción de los seres, conforme a la
ofrecida por Balvidares a varias personas horas más tarde.
Asimismo,
coincidimos en que no podíamos desconocer la llamativa relación entre
ambos relatos (Llanca-Balvidares). De ahí que tampoco debíamos dejar de
reconocer nuestras sospechas sobre el caso Balvidares (carta del 3
marzo 1978, a Demattei).
Esto propició una nueva oportunidad para
discrepar sobre algunos tópicos, en un marco de respeto, a la par de
ofrecernos su colaboración a fin de “verificar la autenticidad de este
caso”, acompañándonos a esa localidad del oeste bonaerense, “donde
prácticamente no llegan las señales de televisión, del mismo modo que
los diarios capitalinos” (carta del 20 marzo 1978, a Banchs).
Ya
estaba en nuestros planes trasladarnos al lugar y, complacidos,
aceptamos la posibilidad de una reinvestigación acompañados por el
responsable de las primeras encuestas ufológicas. Mientras tanto, el
caso animaba los audiovisuales de Fabio Zerpa, y un libro de reciente
aparición (2)
La investigación
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| La zona donde habría ocurrido el incidente. |
General Pinto se encuentra
ubicado en la provincia de Buenos Aires, a 360 km de la Capital Federal.
Su economía se basa en la actividad agrícola y ganadera, teniendo
algunas industrias derivadas.
Situada en la Pampa Arenosa, es una región singular cuya característica
hídrica dominante es la falta de desagüe, así como de red hidrográfica,
lo cual determina que las aguas precipitadas en la misma se acumulen.
Desde principios de 1973, se implantó en la mayor parte de su territorio
un ciclo de lluvias superiores a los valores históricos, de una
magnitud de anegamientos inédita para la provincia. Estos excesos se
traducen en acumulaciones de agua superficial, que progresivamente han
ido saturando la capacidad de almacenaje de bajos y lagunas (3). Este es
el paisaje que nos presenta el episodio ocurrido en octubre de ese
año.
- Entrevista a Carlos A. Balvidares: Junto a nuestra
colaboradora Mónica M. Simonetti, y al investigador de Junín Omar R.
Demattei, mantuvimos dos entrevistas con el testigo Carlos Balvidares,
quien nació en General Pinto el 30 de mayo de 1930.
Su vida se ha
desarrollado en actividades propias de la región. Está casado y tiene
nueve hijos. Se muestra como un hombre simple, bien dispuesto al
diálogo, que recuerda perfectamente lo sucedido.
La exposición
que nos hace se ajusta en líneas generales al informe producido
originalmente. No obstante, aporta datos y comentarios que resultan de
gran interés. Empieza diciendo que él no trabajaba los fines de semana
(el caso ocurrió el lunes), por lo que desconoce si algo se produjo en
esos días en el campo “Santa Rosa”.
El objeto “era como de nailon
(nylon) que brillaba, dando una luz fuerte que le impresionaba en el
rostro”. No sabe cómo era “el aparato”, porque lo encandilaba, aunque
calcula que tendría unos 6 u 8 metros, y a unos 50 m de las personas.
Supone que entrarían a éste, pero sólo lo conjetura, pues no pudo
apreciarlo.
Su hijo Manuel estuvo con él en todo momento.
Inclusive, cuando intentaron vanamente atravesar la laguna, a causa del
susto que tenía el caballo -según Carlos- por el aparato, que no le
permitía seguir adelante. Nótese que aquí no hace referencia a ninguna
“barrera invisible”, como se indica en otros informes. El motivo era que
estaba asustado, según Carlos.
Los individuos fueron vistos
primero por su hijo, y parecían andar caminando sobre el agua, como si
se tratara de una superficie firme, nunca suspendidos en el aire. Es
posible que el testigo haya empleado la palabra “flotando”, y esto
indujera a error.
Su caminar era como el nuestro. Él les llamaba,
podían verlo, pero no respondían. El traje que usaban era de coloración
tostada, “bien peinaditos”, y de porte robusto. Sus rasgos faciales no
se les notaba, porque -según nuestro entrevistado- se hallaban lejos
(aquí tampoco coincide con el artículo citado). En un momento dado,
“hacían como si midieran, efectuaban rayas”. El olor o, más bien, sabor a
azufre, dice provocarle una sensación de náuseas, seguido de
somnolencia. Finalmente, los sujetos se fueron hacia el lado de las
vías. Y al nailon no lo vio más.
En la segunda entrevista Carlos
ofrece algunos elementos significativos. Los sujetos “andaban con los
brazos medio juntos y los levantaban como nosotros, igual, pero
caminaban dando saltitos, siempre recorriendo, midiendo en el suelo (…),
ahora, no se si daban saltos porque había agua, o si…, eran unos pasos
largos, tomando impulso”.
Carlos Balvidares señala que hablaban
entre ellos, pero no saben qué decían. Escuchó “una voz que salía como
radio”. También afirma haber oído un estampido, antes de la
desaparición. “Hubo un estampido, y después no ví más nada. Cuando se
fue. Sentimos ruido de chapa. Yo no se si sería del aparato, o del mismo
tumbo del chiquero de chapas, situado a dos metros. Miré enseguida y la
chancha había saltado, tumbando las chapas”.
Indagando acerca de
cómo se producía esas presuntas súbitas apariciones-desapariciones,
según se indica en el informe de marras, el testigo se muestra algo
sorprendido y reconoce que, por momentos, desatendía la observación y al
volver a mirarlos, se hallaban en otro sitio. Nada de lo supuesto
habría ocurrido.
En su comentario acerca de las huellas, confirma
que fueron halladas al día siguiente. “Eran de unos 24 o 25 cm, como
un pie, chico, como de la señora; tenía como un taquito así que se
hundiera”. El testigo reproduce la huella en la tierra y las medidas
coinciden con su estimación. Aquí también hay una diferencia con la
indicada en el informe de O. Demattei, quien da una menor escala.
“Cuando
los ví, me dí cuenta que no eran gente de acá, que eran gente de otro
planeta -agrega Carlos Balvidares-; nunca había visto ni tampoco me
llamaba la atención. Sentí a la gente cuando comenta, o por radio cuando
los dan, de siempre”. Ante nuestra pregunta si en esos días recuerda
haber sabido de alguna observación, de otro caso, el testigo responde:
“Yo había sentido de otro caso. En esa fecha, claro, la misma (…). Ahora
en ese momento, ese día cuando nos tocó a nosotros, a un camionero;
antes que nosotros me parece que había salido. Un camionero me parece
que era (n: D. Llanca)”.
¿Cómo sería posible que el campesino
conociera el episodio, “donde prácticamente no llegan las señales de
televisión, del mismo modo que los diarios capitalinos?” La respuesta la
ofrece el mismo testigo, quien se reconoce como un habitué radioescucha
de todos los días. Momentos antes de ocurrir el caso, había estado
escuchando radio Mitre, y otras, en su portátil.
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| Manuel Aroldo
Balvidares. |
- Entrevista a
Manuel A. Balvidares: Nuestra entrevista con el joven Manuel Aroldo
Balvidares tiene una característica muy especial, en un caso
aparentemente muy contaminado por la información ufológica que le llega a
su padre. Se trata de la primera vez que Manuel es concertado a
dialogar sobre aquel episodio, por parte de quienes se encuentran
abocados a la investigación OVNI. Con anterioridad, ni Omar Demattei ni
Fabio Zerpa (principales responsables de las primeras encuestas),
tuvieron ocasión de conversar con Manuel quien -a resultas- sería un
testigo clave del suceso narrado.
Nació el 16 de abril de 1960, al igual que los suyos, en General Pinto, donde constituyó desde muy joven su propia familia.
La
versión que irá a ofrecernos Manuel mantiene cierta coherencia con la
descripción de su padre, salvo algunos pasajes, pero lo más importante
es que abre una perspectiva inédita.
De acuerdo a su testimonio,
se encontraban por tomar unos mates, cuando Manuel se dirige a sacar
agua de un pequeño molino a unos 150 m. Hallándose en esa tarea, ve a
unas “personas” que andaban en el campo. Lejos de asustarse, queda
mirándolos, pensando que serían algunos trabajadores. Sin embargo, le
llama la atención que cuando corrían, no salpicaba el agua. Sus piernas
se movían normalmente, pero parecía que “picaban arriba del agua, como
si salieran flotando”. E insiste: “De ahí se fueron, dando pasos
comunes, caminando sobre la misma agua”.
En ese momento, salió
corriendo y le avisó a Carlos, su padre, lo extraño de su visión. Fue
cuando él le dijo ‘eso no es cosa buena’. Recién entonces sintió algo de
miedo. Carlos le dijo de ir a ver de qué se trataba, subió a un caballo
junto su padre e hicieron unos 100 m dentro del agua. Su temor crecía, y
manifestó que no quería continuar. De todas formas, no pudieron
hacerlo pues el caballo tampoco quería seguir, a pesar de que el animal
estaba acostumbrado a franquear el agua, que llegaba a la panza del
equino. Decidieron regresar y desde un puesto -al lado del chiquero- los
espiaban. Observaron que se trataba de dos hombres y una mujer.
Aquellos tenían una vestimenta que cambiaba de coloración (rosa, verde,
amarillo), según la posición que ocuparan respecto al Sol. La mujer, en
cambio, tenía el cabello largo y estaba vestida de negro, aunque con un
calzado y guantes blancos, y también en el pecho, a modo de una prenda
con escote en “v”. Ella tenía unos ajustados pantalones, dando la
impresión de que se abrían a la altura de los tobillos, confundiéndose
con el calzado. Su figura era esbelta.
Manuel se anima entonces a
ir por la orilla para observarlos mejor. Se aproximó. Pensó que estaban
por arriba del alambrado. Pero no. Ocurrió algo realmente sorprendente:
“La mujer estaba parada encima de uno de los tipos, de los hombros,
así, bien parada, derechita -nos dice el joven testigo- ¡arriba de uno
de ellos!”.
“Perdón, ¿puedes repetirlo?”, preguntamos, con una sensación terrestre de haber comprendido mal lo que nos estaba diciendo.
“Que
yo cuando fui a la orilla del alambre, me puse a mirar, porque me fui
caminando, y caminando así llegué para el lado del alambre, y me puse a
mirarlos. La mujer estaría retirada unos 2 metros. Ella estaba parada
arriba del hombro de él”.
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| Dibujo de lo observado por Manuel Aroldo
Balvidares. |
Imaginando el extraño malabarismo de la
supuesta extraterrestre, dando muestras casi arrogantes de su
habilidad, destreza y equilibrio, volvimos a preguntar: “¿Arriba del
hombro, haciendo caballito?”: “Sí, de uno de ellos”, contestó Manuel,
despejando nuestras dudas y prejuicios acerca de los “seres del
espacio”.
A nuestro lado, Omar Demattei enrojecía sin poder disimular sus pudores.
“Seguimos
viendo todo eso -continúa Manuel-, cuando estaba parada arriba de los
hombros de él. Mi padre se acercó a mi lado, porque lo llamé, y también
lo vio”. La figura femenina estuvo allí unos tres minutos. Al
preguntarle cómo hizo para bajar, nuestro entrevistado dijo: “Bajó, de
la manera más sonsa (zonza, tonta) ¡lo hizo pegando un saltito!”.
Manuel
Balvidares continúa con su relato, pasando a describir la “nave
extraterrestre”, como la han llamado los ovnílogos. “Y vi una cosa fija
que brillaba, a la orilla de la alambrada (…). Era como una bolsa de
nailon, redonda, grande, a unos 20 m de la tranquera de alambre. Yo lo
único que digo es que era una bolsa de nailon, que brillaba como un
vidrio, más fuerte…”. El hallazgo se produjo a las 16,45 horas, en esa
tarde soleada de primavera.
Los extraños continuaban allí, sin
mostrar interés alguno por comunicarse con ellos. “Solamente se sentía
un chillido -comenta- ¡yo en ese momento le dije a mi viejo ‘voy a
hacerles un gol’!. El milico (por militar; refiriéndose al dueño del
campo, el General Urricariet), le digo, se quiere traer algunos presos
para practicar entre los…’, y me dice: ‘¡no, eso no creo!’; y bueno, por
ahí…, quién sabe. Y por ahí escucho que gritan: ¡Viva Perón!”.
“Él
sentía ‘ui-ui-ui-ui-ui’, nada más, y yo sentía otra cosa. Mi viejo
sentía todo diferente y yo escuchaba como si hablaran, como si gritaran.
Pero no entendía todo lo que gritaban. Pero ya le digo, lo que yo
sentí. Como ‘¡Viva Perón!’[1], así, claro”.
Azorados por la
peculiar proclamación política de los extraterrestres, algo chirrió en
nuestros oídos. Quizá sea mejor creer -pensamos- que era más lógico que
sólo hayan querido decir: ‘ui -ui -ui -ui -ui’ en su lengua de origen.
La
habilidad femenina tampoco estuvo ausente entre los forasteros. “La
mujer parece que era quien mandaba a ellos -dice Manuel-, porque cada
movimiento que hacía, ellos corrían, siguiéndola. La mujer volvía,
agitaba la mano levantada, y se volvían adonde ella se hallara”. Sin dar
lugar a dudas, el joven Balvidares expresa: “A mí lo que me llamaba la
atención de la mujer era cómo andaba, porque todo señas, y va, y ese
grito que sentí yo. Para mí fue ella, porque cada movimiento que hacía
era un grito y ellos corrían”.
Imprevistamente, aparecieron otras
dos personas, juntas, del lado de la parte honda de la laguna, de un
campo lindero. La mujer -señala Manuel- estaba mandándolos a los dos
primeros, cuando estos otros aparecen. Se juntan casi cuando van a pasar
la tranquera, y los cinco se alejan en grupo. Primero los que ya
estaban, y más atrás los que recién habían llegado. Estos personajes
tendrían no menos de un metro setenta de altura, o más. Los otros dos
hombres, vistos inicialmente, eran bastante más bajos y robustos. La
mujer continuaba gesticulando, como dirigiéndolos por detrás.
“Cruzaron
la vía, un campo y, por la orilla del alambrado, se fueron derecho
hacia un molino, a unos 500 m. Nos volvimos a la costa del alambre para
mirarlos mejor. Y en el molino se perdieron de vista, caminando con
pasos iguales a nosotros. No los vimos más. No regresaron, no
volvieron…”, comenta Manuel Balvidares.
Después, miraron
nuevamente hacia donde estaba el “coso”, o “bolsa de nailon”, y ya no se
la veía más, pese a que en todo momento se mantuvo en el mismo sitio.
Hubo
una cáustica sospecha: en vez de ser el objeto quien transportara a los
extraños, parece que éstos habríanse llevado a pie la misteriosa
“nave”. La cual, dicho sea de paso, nunca fue vista descender o remontar
vuelo por nuestros entrevistados.
Finalmente, le preguntamos si
con anterioridad al episodio tuvo noticias de algún otro caso similar.
Su respuesta fue inmediata: “Sí, supe de un jornalero de Bahía Blanca
(D. Llanca), por la radio”.
- Observaciones sobre los testigos:
Durante las encuestas, Carlos Balvidares demuestra una personalidad
influenciable, maleable, propensa a la sugestión. Esto quedó a las
claras, especialmente, frente a las ansiedades puestas de manifiesto por
O. Demattei, en sus intervenciones (no obstante, nos acompañaría como
veedor).
Esta impresión queda ratificada en sus apreciaciones y
comentarios sobre el caso… Veamos algunos ejemplos: Carlos manifestó que
el caballo en que se hallaba montado cuando se sucedieron los
acontecimientos ya no era manso y confiado como antes. Tiempo después,
notaría que al animal le ocurría algo en su pelaje. Se le empezó a caer
el pelo. Consultado un veterinario de la zona, Ramón Diz, éste no notó
nada fuera de lo común, opinando que estaba cambiando el pelaje en razón
de un proceso normal.
Precisamente, una superstición muy
arraigada entre el paisanaje, es la de que: quien desea conservar un
buen caballo, no debe dejarlo montar e incluso acercarlo a mujer alguna,
y mucho menos en cierta época, pues suponen que, por ese hecho, se le
cae el pelo o pierde sus condiciones de resistencia (5). Esta
coincidencia, si la hubo, hace que aún cuando la enfermedad del caballo
hubiera sido sarna, su dueño crea en la sabiduría de su superstición.
También
él mismo notó que en la piel de su rostro aparecían pequeñas manchas
que fueron desapareciendo con el correr de los días. Inclusive, destaca
que su estado de ánimo no era el mismo que antes de su experiencia.
Carlos parece no poner reparos en que este cuadro se debe a la presencia
de “esto (que) no es cosa buena”, vaticinando de algún modo lo
prescripto en sus tradiciones
Su relato está articulado con la
concepción cultural de la zona y su propia cosmovisión, bajo las
influencias del medio urbano, de naves y extraterrestres.
Manuel
Balvidares, su hijo, conserva la misma simpleza y espontaneidad. Es
también sincero en sus palabras. Pero se lo observa menos propenso a la
fantasía, o a formular lucubraciones demasiado fantásticas o floridas en
torno a una determinada creencia. El ha visto extrañado cómo esas
personas parecían caminar y saltar por el agua sin salpicar, y lo demás
pierde importancia. Aún cuando acusa el temor infundido por su padre.
Su
versión no está impregnada de contenidos ufológicos: ha visto un “coso”
(una “bolsa de nailón”) por objeto, y una “mujer” y unos “tipos”, por
entidades. Cuando se le pregunta qué sería eso que vio, responde sin
astucia ni especulaciones…[2]. Podríase decir que se trata de un testigo
casi no contaminado. Su padre, en cambio, nos hablará de un “aparato” y
de “gente de otro planeta” desde el momento en que los vio, pareciendo
-incluso- querer satisfacer a su interlocutor en cada respuesta.
Manuel
no ha notado las apariciones y súbitas desapariciones atribuidas a la
versión de su padre, tampoco barreras invisibles que impedían que el
caballo avanzara. Ni sujetos extraños suspendidos como flotando en el
aire. Aunque, en rigor, todo esto nunca lo escuchamos en boca de ninguno
de los dos testigos. Quedará, pues, “flotando en el aire” hasta qué
punto habrán incidido las primeras encuestas en la reconstrucción de los
hechos, no obstante la buena fe que nos merece su responsable. Y
quedará planteado también el interrogante de porqué Carlos Balvidares no
mencionó jamás haber visto a esos otros dos personajes que aparecieron
en escena momentos después, ni tampoco el malabarismo y cabriola de la
mujer, montada sobre el hombro del petiso y fornido acompañante
[1]
Aquí surge una llamativa coincidencia. Doce días antes del caso, se
recuerda emotivamente el histórico 17 de octubre de 1945, fecha
fundaciona1 en que comienza a gestarse un movimiento de masas desde que
el Cnel. Juan Domingo Perón protagonizara uno de los episodios políticos
y sociales más importantes de la Argentina. A partir de su presidencia,
el 17 fue el “Día de la Lealtad” al ideario de Perón y Evita (4).
[2]
La percepción, aunque real, posee un trasfondo mitológico que excita la
fantasía conciente e inconsciente, provocando ciertas conjeturas como
intento de elaboración. En las leyendas guaraníes existe un fantasma o
duende negro denominado Y-Póra, que se aparece en los dos, arroyos y
lagunas, llevándose a los niños incautos a su guarida. También en el
Brasil hallamos una leyenda, de indudable parentesco con aquél. Los
Pretos d Agua suelen andar en grupos, lo que es muy raro entre los seres
sobrenaturales, y en las siestas ardientes ahogan a los niños que se
acercan al agua. Se los ve con frecuencia emerger de una laguna, pero al
percatarse que son observados se ocultan de inmediato. Su hábitat es
el N.O. argentino, Paraguay y sur del Brasil (6).
Conclusiones
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| Vestimenta de la mujer. |
La
versión que nos ha brindado la revista Cuarta Dimensión, en su número
17, correspondiente a febrero de 1975, está embelezada por un solo
relato, el de Carlos Balvidares, bajo el prisma de su autor, Omar R.
Demattei, quien se confiesa íntimamente convencido de la hipótesis
extraterrestre y de la autenticidad de los episodios de Villa Bordeu (D.
Llanca) y Günther, o General Pinto (Balvidares). Sin embargo, como
rasgo de honestidad y tras la reinvestigación emprendida, admitió que
“debía ahora replantear todo el caso”, apesadumbrado por las
circunstancias.
Este giro se debe, especialmente, al testimonio
fidedigno de Manuel Balvidares quien da muestras de un mayor ajuste a la
realidad, y desmitifica algunos aspectos involuntariamente cometidos
con anterioridad, aportando además ciertos datos de gran interés.
La descripción general de la observación, no presenta notas salientes
que revelen un incidente de características asombrosas. Ellos han visto
un grupo de personas que merodean el campo, con una conducta que
podríamos denominar “humana”, y que se van de la misma forma que
-suponemos- han venido: caminando. El detalle “desencadenante” es la
impresión de que lo hacían sobre la superficie del agua. Y “esto no es
cosa buena”…
Los testigos parecen no haber tenido en cuenta que
el terreno anegado pudiere no haber sido tan profundo como sospechan, o
que, a poco menos de un centenar de metros no percibieren que estaban
pisando tierra firme, y dando zancadas para evitar los charcos.
La
vestimenta de la mujer no tiene nada en particular, a excepción de la
usada por los dos varones que la acompañaban. Ella emplea unas prendas
¡típicas de la época! Un suéter (sweater) negro con escote en “v”,
pantalones ajustados, y -especialmente- unas botitas tres cuartos con la
caña volcada hacia afuera, como aparece en la moda de los años setenta.
Sus cabellos largos cayendo sobre los hombros le dan también un aspecto
joven, más allá de su esbelta figura.
Pero hay otros indicios
que nos hacen sospechar acerca de su presunta procedencia extraterrestre
(al menos, el título de la imagen alusiva que recrea la tapa de la
antes citada revista, reza: “Aparecen SERES DEL ESPACIO en la Provincia
de Buenos Aires”):
1) Los malabarismos de la mujer, haciendo “caballito” sobre los hombros de uno de sus acompañantes, y bajar pegando un saltito.
2)
La presunta proclamación política que al parecer hace la extraterrestre
al gritar: “¡Viva Perón!”, reivindicando así -al modo que lo haría
cualquier mortal de estas tierras- las causas justicialistas[1].
3)
Las huellas de pisadas que se encontraron, asemejan más al calzado -con
tacones y punteras- de la mujer, que a “garras con uñas filosas”, como
se adujo en la ocasión.
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| Ejemplo de globo meteorológico. |
Respecto al objeto observado, redondo, de
unos 6 u 8 m, que brillaba, es coincidente la apreciación de ambos
testigos, para quienes tenía la apariencia de nailon (nylon). A pesar de
la insistencia de los expertos en OVNIs en llamarle “astronave”, Manuel
se manifiesta categórico: “Yo lo único que digo es que era una bolsa de
nailon, que brillaba como un vidrio” (en rigor, alude a: “bolsas de
polietileno”).
Lejos de parecerse a los diseños que suelen
atribuirse a los “platos voladores” o naves, presuntamente venidos de
otros mundos, la descripción que proporcionan ambos testigos se
corresponde a la de un globo meteorológico.
En efecto, el globo
portador acostumbra tener forma esférica y -aunque de dimensiones
variables- se construyen de varios metros de diámetro, con una envoltura
impermeable de poliéster o polietileno especialmente tratado, de 20-50
micrones, transparente o con una membrana brillante, por reflexión de
los rayos solares. Los globos son inflados ligeramente con gas helio
(He) lo cual les permite adoptar la redondez que luego los caracteriza.
Cientos de ellos, a razón de tres unidades diarias, habían sido
lanzados en la Argentina con anterioridad y seguidos -incluso- a través
de una de red de rastreo terrestre y satelital (7).
En nuestra opinión, es probable que los testigos, impresionados por los
sucesos de la tarde, de los cuales ellos fueron testigos, y habiendo
tomado conocimiento a través de la radio (esa mañana o por la tarde
momentos antes, conforme a lo que declaran) del relato del camionero
Dionisio Llanca, hicieran una fácil asociación, propiciando una
tentativa de respuesta a lo extraño de su visión.
Referencias:
(1)
Demattei, Omar R. “Caso Balvidares – Aparecen Seres del Espacio en la
Provincia de Buenos Aires” en: Cuarta Dimensión, Buenos Aires, N° 17,
febrero 1975; ps. 1 y 26/32.
(2) Zerpa, Fabio. El ovni y sus misterios, Cielosur, Buenos Aires, 1978; ps. 152/157.
(3) La Nación, Buenos Aires, 2 noviembre 1986, 3ª sec., p. 8.
(4) La Época, Buenos Aires, 18 octubre 1945, ps.1 y ss.; Clarín, Buenos Aires, 15 y 17 octubre 1995, supl.
(5) Ambrosetti, Juan B. Supersticiones y leyendas, Castellví, Santa Fe, 1967, cap. l, “Supersticiones gauchas”, p. 168.
(6) Colombres, Adolfo. Seres sobrenaturales de la cultura popular argentina, Edic. del Sol, Buenos Aires, 1986, ps. 72 y 187.
(7) Espace Information, CNES (Centre National d’Etudes Spatiales), Toulouse, FR., N° 9, 3e./4e. trimestres 1976, ps. 5/8.
Cfr.: 2001-Periodismo de anticipación, Buenos Aires, a. 5, N° 42, s/m, 1972, ps. 48/51.
[1]
Juan Domingo Perón fue presidente argentino en los años 1946 y 1951,
hasta su derrocamiento en 1955. Luego de un exilio de 18 años, regresó
al país -precisamente- en junio de 1973, y asumió nueva presidencia en
septiembre de ese año. Muere en julio de 1974.
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