sábado, 30 de mayo de 2026

OVNIs: Un fenómeno real, un tabú cultural

Un fenómeno real, un tabú cultural
¿Por qué este fenómeno aún no está reconocido oficialmente?
por Charles Magrin


Imagen ilustrativa.

Desde que ciertas instituciones estadounidenses reconocieron los FANIs (Fenómenos Aéreos No Identificados), el fenómeno ha pasado de ser marginal a convertirse en un tema legítimo de investigación. El informe de la Oficina del Director de Inteligencia Nacional (ODNI), publicado el 25 de junio de 2021, reconoce que la mayoría de los objetos observados y detectados por diversos sensores independientes (radar, infrarrojo, óptico, etc.) son probablemente físicos.

Desde 2023, ha aparecido otro concepto en los textos oficiales estadounidenses: el de inteligencia no humana (INH). Este término, introducido en un proyecto de ley por el Congreso, no sustituye al término FANI, sino que profundiza su significado. Mientras que FANI se refiere a un fenómeno observable, a menudo de naturaleza tecnológica, pero sin explicación conocida, la INH evoca una hipótesis más ambiciosa: la de una o más inteligencias conscientes, externas a nuestra especie, tecnológicamente avanzadas y que potencialmente interactúan con nosotros.

Este cambio de terminología refleja una transformación importante en el discurso institucional, que pasa de considerar un fenómeno como algo que debe identificarse a considerar como una presencia que debe tenerse en cuenta. Sin embargo, a pesar de los vídeos autenticados por el Pentágono, los testimonios bajo juramento ante el Congreso y los programas de estudio públicos y privados, aún no se ha producido un cambio decisivo.

El fenómeno permanece en una zona gris. Ni totalmente negado ni plenamente reconocido. Avanza en el debate, pero dista mucho de ser una certeza. Intriga, pero aún no ha recibido una respuesta clara.

Un vértigo ontológico

El politólogo Alexander Wendt, en un artículo académico escrito en colaboración con Raymond Duvall, plantea una pregunta fundamental: ¿por qué el gobierno no toma en serio a los fenómenos aéreos no identificados (FANI)? Una explicación que se ofrece es que este fenómeno no puede ser aceptado sin perturbar los cimientos mismos del orden político moderno. Desafía la soberanía, el antropocentrismo y el monopolio de la definición de la realidad. No resulta inquietante por ser falso, sino porque desafía nuestros marcos de comprensión.

Uno de los grandes desafíos que plantea la inteligencia no humana no es solo tecnológico, sino también simbólico. Si tal entidad existe e interactúa con nosotros, los humanos dejarían de estar solos en la cima de la escala cognitiva. Ya no serían los únicos poseedores de autoconciencia o dominio técnico. Se volverían observables, vulnerables, tal vez incluso superados.

Al trascender las categorías tradicionales y los límites disciplinares, este fenómeno nos obliga a reconfigurar nuestras herramientas de comprensión. Este mismo requisito constituye un obstáculo para su reconocimiento y aceptación.

Un encubrimiento histórico estructurado

El tabú que rodea a los FANIs no se forjó únicamente a través de la burla popular. Parece haber sido construido y mantenido metódicamente por las instituciones estadounidenses desde finales de la década de 1940.

En 1948 se puso en marcha el Proyecto Sign, la primera iniciativa oficial conocida públicamente dedicada al estudio de objetos voladores no identificados. Este proyecto fue encomendado a la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. El programa se estableció en respuesta a un repentino aumento de informes, especialmente tras el incidente de Roswell en 1947 y el avistamiento de Kenneth Arnold. En febrero de 1949, el informe Análisis de incidentes con objetos voladores en los Estados Unidos, elaborado por el Comando de Material Aéreo de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, concluyó que «los fenómenos reportados eran reales y no visionarios ni ficticios», si bien evaluó que no se había demostrado ninguna amenaza directa. No obstante, recomendó continuar la vigilancia para determinar si ciertos casos podrían reflejar desarrollos tecnológicos desconocidos que pudieran tener un origen extraterrestre.

A principios de 1949, se puso en marcha otra iniciativa bajo el nombre de Proyecto Twinkle. Este programa buscaba establecer una estación de observación equipada con cámaras e instrumentos científicos para documentar las llamadas "bolas de fuego verdes", esferas luminosas de color verde observadas a baja altitud sobre Nuevo México, a menudo cerca de instalaciones nucleares sensibles como Los Álamos, los Laboratorios Nacionales Sandia o la Base de la Fuerza Aérea Holloman. Su recurrencia en estas áreas llevó a algunos funcionarios a sospechar que se trataba de vigilancia extranjera, posiblemente de origen soviético. Sin embargo, incluso antes de que el programa se desplegara por completo, un informe final redactado en 1951 concluyó que no había suficientes datos utilizables, lo que llevó a su cierre.

Mientras tanto, el Proyecto Grudge sucedió a Sign y Twinkle con un enfoque radicalmente diferente. El objetivo cambió: reducir el interés público atribuyendo sistemáticamente los avistamientos a percepciones erróneas o causas triviales. Se instauró un clima de burla institucional que desacreditó tanto a los testigos como al propio sujeto.

En 1952, con la Guerra de Corea en pleno apogeo y numerosos objetos no identificados avistados sobre Washington, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos lanzó el Proyecto Libro Azul. Si bien su objetivo oficial era recopilar y analizar informes de avistamientos, el programa se centró principalmente en clasificar los casos y proporcionar explicaciones sencillas, incluso cuando estas resultaban cuestionables. J. Allen Hynek, asesor científico del proyecto, escribió posteriormente:

«Los investigadores parecen haber recibido instrucciones de encontrar una explicación convencional para cada caso, por muy descabellada que pudiera ser».

(La experiencia OVNI: una investigación científica, 1972)

Poco después, en enero de 1953, la CIA, a través de su Oficina de Inteligencia Científica (OSI), convocó al Panel Robertson, un grupo de científicos liderado por el físico HP Robertson. El comité rechazó la hipótesis de un origen no humano y, en su lugar, recomendó una estrategia de desmitificación, principalmente mediante la colaboración con los medios de comunicación y la producción de contenido para reducir el interés público.

«El interés público en el tema y los peligros potenciales de la histeria colectiva parecían justificar un programa educativo [...]. El objetivo de desacreditarla resultaría en una disminución del interés público.»

(Informe del Panel Científico sobre Objetos Voladores No Identificados, Panel CIA/Robertson, 1953)

Estas recomendaciones influirían profundamente en la forma en que el Libro Azul llevaría a cabo sus proyectos en los años siguientes.

Entre 1952 y 1969, el Libro Azul registró 12.618 informes. La gran mayoría se atribuyeron a fenómenos naturales, interpretaciones erróneas o aeronaves conocidas. 701 casos permanecen oficialmente sin identificar, algunos de los cuales contienen datos suficientes para permitir una evaluación más exhaustiva.

En 1969, tras la publicación del Informe Condon, encargado por la Fuerza Aérea de los Estados Unidos a la Universidad de Colorado, el Libro Azul se cerró oficialmente. El informe concluía:

Nuestra conclusión general es que el estudio de los OVNIs en los últimos 21 años no ha aportado nada al conocimiento científico. Probablemente no se justifica un estudio más exhaustivo de los OVNIs con la expectativa de que ello conlleve un avance científico.

(Estudio científico de objetos voladores no identificados, Edward U. Condon, 1968)

Tras la cancelación del programa, J. Allen Hynek, quien había sido su principal asesor científico, dio un giro radical. Fundó el Centro de Estudios OVNI y publicó el libro La experiencia OVNI, en el que criticó duramente el enfoque militar.

Me encontré en la embarazosa situación de ser un científico con una reputación que proteger, pero asociado a un proyecto cuyo único propósito parecía ser desacreditar .

(J. Allen Hynek, La experiencia OVNI, 1972)

Tras la finalización oficial del Proyecto Libro Azul en 1969, ningún programa conocido lo reemplazó de inmediato. No fue hasta la década de 2000 que se documentó un nuevo esfuerzo institucional. Por iniciativa del senador Harry Reid, la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA) lanzó el AAWSAP (Programa de Aplicaciones de Sistemas de Armas Aeroespaciales Avanzadas) en 2008, confiado a la empresa privada Bigelow Aerospace Advanced Space Studies (BAASS). Este programa de 22 millones de dólares tenía como objetivo producir una serie de análisis prospectivos de tecnologías avanzadas, documentar ciertos efectos fisiológicos observados en testigos de fenómenos aeroespaciales no identificados e investigar manifestaciones recurrentes reportadas en el famoso Rancho Skinwalker, entonces propiedad de Robert Bigelow, para que sirviera como campo de estudio.

El programa se organiza en torno a siete áreas de investigación definidas por BAASS:

  1. Efectos médicos y fisiológicos en los testigos.
  2. Fenómenos electromagnéticos asociados a eventos FANI (fenómenos aéreos no identificados).
  3. Rastros físicos y análisis de materiales en los lugares de encuentro.
  4. Anomalías ópticas y relacionadas con la luz.
  5. Efectos cognitivos y psicológicos en los observadores.
  6. Efectos persistentes tras el contacto cercano (el "efecto autoestopista")
  7. Implicaciones para la seguridad nacional y la defensa aeroespacial.

BAASS lleva a cabo estas investigaciones de campo de forma sistemática, incluyendo la recopilación de datos, la entrevista a testigos y el análisis ambiental.

Al mismo tiempo, la DIA encargó 38 informes técnicos teóricos denominados DIRD (Documentos de Referencia de Inteligencia de Defensa). Estos documentos se hicieron públicos recién en 2019, tras una solicitud amparada en la Ley de Libertad de Información (FOIA). Treinta y siete se hicieron públicos, con la excepción del titulado "Estado del Arte y Evolución de las Armas Láser de Alta Energía", que permaneció clasificado.

Aquí hay algunos ejemplos:

  • Agujeros de gusano transitables, portales estelares y energía negativa (K. Kwon)
  • Motor de curvatura, energía oscura y manipulación de dimensiones extra (R. Obousy, E. Davis)
  • Capa de invisibilidad (B. Green)
  • Propulsión espacial avanzada basada en ingeniería de vacío (H. Puthoff)
  • Efectos biológicos de los FANI (C. Kit Green)

Estos informes, aunque teóricos, revelan un marcado interés por las tecnologías que se encuentran en la frontera del conocimiento científico actual.

El programa AAWSAP finalizó en 2010. La DIA no ofreció ninguna justificación oficial clara. Varias fuentes mencionan la falta de interés dentro del Pentágono en continuar la investigación a tan gran escala, a pesar del apoyo activo del senador Harry Reid, uno de los principales impulsores del programa.

La historia del programa AAWSAP y algunas de sus investigaciones se han relatado en dos libros escritos en coautoría por James Lacatski, director del programa en la DIA, Colm Kelleher, director científico de BAASS, y Georges Knapp, un conocido periodista. En su segundo libro, Inside the US Government Covert UFO Programme: Initial Revelations, publicado en 2023, Lacatski afirma que Estados Unidos tuvo acceso a una nave de origen desconocido, cuya configuración no presentaba ningún sistema de propulsión convencional identificable. Informa que se realizó una inspección del interior de la nave, que no detectó ningún sistema de propulsión, tanque de combustible ni superficie de control. Durante una reunión clasificada celebrada en 2011 en el Capitolio, Lacatski interrogó a los funcionarios presentes sobre la naturaleza y función del objeto: ¿era una nave tripulada destinada a la reentrada atmosférica o a algún otro uso? Y, de ser así, ¿cómo funcionaba?

Tras el programa AAWSAP, se implementó un programa más restringido, el AATIP (Programa de Identificación de Amenazas Aeroespaciales Avanzadas), que ya no se basaba en un contrato con una empresa privada, sino en una iniciativa interna del Departamento de Defensa. El objetivo principal del AATIP es recopilar y analizar informes de fenómenos aéreos inusuales que involucren objetos no convencionales, con el fin de monitorear las capacidades e identificar posibles amenazas.

Según diversas fuentes, el AATIP ha estudiado incidentes relacionados con objetos no identificados, como los ya famosos casos de Gimbal, GoFast y FLIR1. Estos vídeos, captados por sensores de cazas de la Armada, han sido autenticados por el Pentágono. En ellos se aprecian objetos no convencionales en movimiento, sin ningún medio aparente de propulsión o sustentación. Según testigos, estos objetos maniobraban a velocidades y aceleraciones muy superiores a las capacidades conocidas de las aeronaves convencionales, tanto estadounidenses como extranjeras.

La cobertura mediática de estos vídeos, que en aquel momento no estaban clasificados, provocó un endurecimiento significativo de la postura del Departamento de Defensa. Christopher Mellon, ex subsecretario adjunto de Defensa para Inteligencia y responsable de la publicación de estos vídeos a periodistas del New York Times, informa que una guía de clasificación elaborada unos años después clasificó sistemáticamente como secreta toda la información relacionada con los OVNIs, incluso en los casos en que esto no estaba justificado.

Mellon considera que se trata de un reflejo burocrático destinado a preservar el monopolio del acceso a información considerada sensible y susceptible de generar cuestiones estratégicas y políticas comprometedoras. Lamenta que esta lógica de control haya prevalecido sobre la exigencia democrática de transparencia y la necesidad de alertar a los funcionarios electos y al público sobre una posible amenaza tecnológica u operativa, independientemente de su origen.

El Departamento de Defensa confirmó la existencia del AATIP en 2017 y declaró que el programa había finalizado en 2012 por falta de financiación. Además, ahora se sabe que el denunciante Luis Elizondo fue el director de este programa.

En los años siguientes, ante la creciente presión del Congreso, en particular del Comité Selecto de Inteligencia del Senado y del Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes, el Pentágono creó en 2020 el Grupo de Trabajo sobre Fenómenos Aéreos No Identificados (UAPTF, por sus siglas en inglés), un grupo de trabajo destinado a centralizar los informes operativos de las fuerzas armadas y que quedó bajo la autoridad de la Oficina de Inteligencia Naval (ONI, por sus siglas en inglés).

Un informe preliminar, publicado en junio de 2021 por la Oficina del Director de Inteligencia Nacional (ODNI), recopila las conclusiones del UAPTF. Este informe se complementa con una versión clasificada, enviada a miembros del Congreso pero inaccesible al público en general. El informe no clasificado examina 144 casos ocurridos entre 2004 y 2021. Solo uno de ellos puede atribuirse con certeza a la explosión de un globo grande, sin especificar el tipo de globo. Los otros 143 casos permanecen sin explicación. Cabe destacar que este informe preliminar nunca se finalizó.

Cabe destacar también que David Grusch, ex oficial de inteligencia, afirma haber trabajado para la UAPTF antes de convertirse en informante. Analizaremos sus revelaciones más detalladamente en un artículo futuro.

La UAPTF se disolvió oficialmente en 2022, después de que el Congreso ordenara la creación de una oficina centralizada y permanente para gestionar los informes sobre FANIs.

Antes de la disolución de la UAPTF, el Departamento de Defensa anunció en noviembre de 2021 la creación del AOIMSG (Grupo de Sincronización para la Identificación y Gestión de Objetos Aerotransportados), encargado de garantizar la continuidad del trabajo y coordinar los esfuerzos interinstitucionales en torno a la detección y gestión de incursiones anómalas en el espacio aéreo restringido. Esta iniciativa, lanzada sin consulta previa con el Congreso y bajo la supervisión de la OSD (Oficina del Secretario de Defensa), fue rápidamente criticada por su falta de transparencia y su alcance, considerado demasiado limitado, en particular por los senadores Kirsten Gillibrand y Marco Rubio.

Será reemplazada en julio de 2022 por la AARO (Oficina de Resolución de Anomalías en Todos los Dominios) a instancias del Congreso de los Estados Unidos. Esta creación responde a la creciente demanda de transparencia y rigor institucional en el estudio de fenómenos aeroespaciales no identificados. El Congreso, en particular mediante las enmiendas Gillibrand-Rubio al proyecto de ley de financiación de la defensa, exigió la creación de un organismo permanente con acceso ampliado a datos militares, civiles y de inteligencia. La misión principal de la oficina es recopilar y analizar informes de FANIs (fenómenos aéreos no identificados), ya sean observados en el cielo, en el espacio, en el mar, o incluso objetos con capacidad transmedia, es decir, capaces de moverse entre diferentes entornos.

Desde su creación, la AARO ha examinado más de 1000 informes. Hasta la fecha, cinco casos se han presentado oficialmente como inexplicables, incluidos los ahora famosos videos de GIMBAL, FLIR, GOFAST, FLYBY y UAP de Oriente Medio. Este último, filmado el 12 de julio de 2022 por un dron MQ-9 Reaper en Oriente Medio, muestra una "esfera metálica" moviéndose rápidamente. Estas imágenes se hicieron públicas durante una presentación ante el Congreso por parte del director de la agencia, Sean Kirkpatrick, quien reconoció la imposibilidad de brindar una explicación satisfactoria debido a la insuficiencia de datos.

Pero la AARO no ha escapado a la polémica. Su primer informe histórico, publicado en marzo de 2024, fue objeto de fuertes críticas. Contiene numerosos errores fácticos e inconsistencias: por ejemplo, la fecha del avistamiento de Kenneth Arnold se indica incorrectamente, y algunos casos históricos ampliamente documentados se ignoran por completo, incluidos los incidentes registrados por la Armada de los Estados Unidos, autenticados por el Pentágono y mencionados anteriormente. Los numerosos errores de este informe contribuyeron a deslegitimar el rigor de la AARO entre algunos miembros del público y especialistas en la materia.

Además, algunos miembros del Congreso, entre ellos Tim Burchett y el denunciante David Grusch, han acusado a Sean Kirkpatrick de alentar o imponer acuerdos de confidencialidad a posibles testigos, impidiéndoles hablar libremente con las autoridades. Kirkpatrick ha negado estas acusaciones, alegando que los testigos en cuestión habían optado voluntariamente por no cooperar con la agencia.

Estas controversias han alimentado un clima de desconfianza. Algunos funcionarios electos e investigadores cuestionan ahora la capacidad real de la AARO para llevar a cabo una investigación independiente y rigurosa. Desde agosto de 2024, la agencia está dirigida por el Dr. Jon T. Kosloski, un exejecutivo técnico de la NSA (Agencia de Seguridad Nacional) especializado en óptica cuántica y criptografía avanzada. A su llegada, Kosloski declaró que quería «fortalecer las alianzas, promover la transparencia e intensificar los esfuerzos para analizar fenómenos anómalos». Su nombramiento ha generado esperanzas de una renovación del enfoque institucional.

Esta sucesión de nueve programas conocidos, que oscilan entre la burla, el secretismo y el control de la narrativa, revela una sorprendente continuidad. Desde 1948, Estados Unidos nunca ha dejado de estudiar los OVNIs, movilizando importantes recursos mientras afirma públicamente que el fenómeno no merece una atención especial.

¿Por qué tanto esfuerzo por contener lo que supuestamente es solo un mito o una ilusión colectiva? La desproporción entre los recursos movilizados y la actitud oficial sugiere que detrás del ridículo subyace un problema mucho más profundo.

Un desafío para la seguridad nacional

La reticencia de las autoridades a reconocer públicamente la realidad del fenómeno no refleja, por tanto, una falta de interés, sino más bien una estrategia para gestionar el asunto. Otro ejemplo se refiere a los programas militares secretos que involucran tecnología avanzada. Cuando los testigos ven una nave con capacidades extraordinarias, a las instituciones les puede resultar conveniente sugerir que se trata de un OVNI. Esta confusión, si surge espontáneamente, preserva la confidencialidad de ciertos programas clasificados sin tener que admitir su existencia.

Este tipo de manipulación ha sido documentada. En 1997, la CIA reconoció que, durante las décadas de 1950 y 1960, muchos avistamientos de OVNIs fueron en realidad vuelos de prueba clasificados, incluidos los de los aviones espía U-2 y SR-71 . En lugar de revelar su existencia, las autoridades permitieron que el público considerara la posibilidad de fenómenos inexplicables, desviando así la atención y preservando el secreto de estos programas.

Esta lógica de ocultamiento puede tener diversos propósitos. A veces busca proteger programas secretos. Otras veces, enmascara una incertidumbre embarazosa o la incapacidad de responder. En 2024, se registraron más de 350 incursiones de drones cerca de instalaciones militares sensibles, según el general Gregory Guillot, comandante del NORAD. Estos incidentes involucraron la Base de la Fuerza Aérea Wright-Patterson, la altamente sensible Planta 42 en California, el Arsenal Picatinny en Nueva Jersey y varias instalaciones en el Reino Unido y Alemania. Estos objetos, descritos como drones pero cuyas capacidades generan dudas sobre su verdadera naturaleza, han obligado en ocasiones a las autoridades a cerrar temporalmente el espacio aéreo sobre las bases de la Fuerza Aérea, en particular la de Wright-Patterson en diciembre de 2024 y la de Langley un año antes, en diciembre de 2023.

Durante una audiencia conjunta en el Congreso el 10 de diciembre de 2024, representantes del FBI, el Departamento de Justicia (DOJ ) y la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) reconocieron que desconocían el origen exacto de estos dispositivos, al tiempo que pidieron un fortalecimiento del marco legislativo para responder mejor a ellos. Sin embargo, en enero de 2025, la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, declaró en una conferencia de prensa:

Tras realizar investigaciones y estudios, la FAA autorizó el vuelo de numerosos drones sobre Nueva Jersey con fines de investigación y otros propósitos. Muchos de estos drones eran operados por aficionados, particulares que disfrutaban volando drones. Con el tiempo, la situación empeoró debido a la curiosidad. Esto no era el enemigo .

Sin embargo, esta declaración contradice la admisión de incertidumbre realizada un mes antes ante el Congreso.

A esto se suma otra contradicción. Antes de su reelección, Donald Trump había prometido revelar información sobre estas intrusiones al inicio de su mandato. Sin embargo, una vez en el poder, no se produjo ninguna revelación. La transparencia prometida se convirtió en silencio, reforzando la idea de un encubrimiento político y estratégico en torno a estas intrusiones.

En este contexto, una hipótesis cobra cada vez más fuerza: ¿y si estos drones fueran en realidad plataformas de observación, vigilancia y reconocimiento de origen extranjero, chino o ruso? Esta posibilidad nos recuerda inmediatamente el caso del globo espía chino en 2023, que ya puso de manifiesto la incapacidad de Estados Unidos para detectar y neutralizar rápidamente ciertos dispositivos que cruzaban su territorio. Pero admitir hoy que adversarios geopolíticos poseen tecnología lo suficientemente avanzada como para sobrevolar impunemente lugares tan sensibles como el Arsenal Picatinny o las bases de la Fuerza Aérea equivaldría a reconocer una pérdida de control del espacio aéreo estadounidense.

Este fenómeno no es nuevo. Desde la década de 1960, se han reportado incursiones no autorizadas cerca de algunos de los sitios más sensibles del país, en particular los relacionados con armas nucleares. Aún más preocupante es que estos objetos no parecen limitarse a observar. En varios casos, parecen haber interactuado directamente con sistemas de disuasión.

El investigador Robert Hastings, que ha recopilado más de 160 testimonios de primera mano de antiguos miembros del ejército estadounidense, ha destacado la presencia de objetos no identificados cerca de emplazamientos nucleares estratégicos.

En 1964, en Big Sur, California, un misil balístico de prueba equipado con una ojiva simulada fue interceptado y neutralizado por un objeto no identificado, según los testimonios conjuntos del Dr. Robert Jacobs y su superior, el Mayor Florenz Mansmann, quien atestiguó por escrito la veracidad del incidente.

En 1967, en la base aérea de Malmstrom, en Montana, diez misiles nucleares Minuteman fueron desactivados simultáneamente mientras se observaba un objeto luminoso sobre el lugar.

Además, se han reportado casos similares en Rusia, lo que confirma la naturaleza global y preocupante de estas incursiones.

Estos episodios, documentados y relatados por testigos directos, van mucho más allá de una simple anomalía tecnológica o un debate académico. Revelan una preocupante vulnerabilidad en nuestra infraestructura más sensible, que existe desde hace décadas. Por lo tanto, el FANI no solo amenaza nuestras certezas científicas y filosóficas, sino que también pone en tela de juicio la fiabilidad de nuestros sistemas de disuasión nuclear. Esto facilita la comprensión de por qué el reconocimiento público de tales realidades sigue siendo un tabú absoluto para algunos países.

Por último, el tema de los secuestros, tan controvertido como inquietante, plantea una gran preocupación: ¿cómo puede un gobierno reconocer públicamente tal realidad si es incapaz de proteger a sus ciudadanos?

Dios, el Nommo y los marcianos

La idea de inteligencias no humanas no es ajena a muchas culturas alrededor del mundo. En algunas tradiciones, es incluso ancestral, fundamental y está plenamente integrada en la visión del cosmos. Entre el pueblo Dogon de Malí, la cosmología tradicional describe un universo poblado por entidades no humanas activas. La narrativa fundacional evoca a los Nommo, seres que vinieron del cielo, portadores del conocimiento y de órdenes simbólicos fundamentales. Estas entidades participan activamente en la organización del mundo humano. Se las presenta como el origen del lenguaje, los ritmos cósmicos y las estructuras sociales. En esta cosmovisión, los humanos no están solos en su capacidad de pensar, transmitir o dar orden. La presencia de inteligencias no humanas de origen celestial se concibe como algo natural e integrado.

Esta apertura también se encuentra en las tradiciones mesoamericanas. Entre los nahuas y los mayas, las narrativas mitológicas no separan estrictamente el cielo, la tierra y lo invisible. De hecho, dioses, fuerzas, estrellas y seres de arriba conforman un entramado relacional. El cielo no está vacío ni silencioso, sino poblado.

De igual modo, entre muchos pueblos indígenas del Amazonas y el Sudeste Asiático, las narrativas fundacionales incluyen formas de vida no humanas dotadas de intención y lenguaje. Estas cosmologías animistas o relacionales no consideran la otredad no humana como una imposibilidad o un mito, sino como una parte integral de la vida, con la que es natural establecer relaciones.

Por el contrario, las culturas occidentales modernas tienen dificultades para concebir la otredad autónoma no humana. Esta cerrazón mental se explica por una triple herencia: primero, el monoteísmo cristiano, que otorga a los humanos un lugar especial entre los seres vivos, como seres dotados de un alma inmortal y con un vínculo exclusivo con Dios. Segundo, el racionalismo ilustrado, que valora la prueba y la observación reproducible y tiende a descartar las narrativas inverificables. Finalmente, el humanismo moderno, que convierte a los humanos en la fuerza motriz del progreso y el sujeto central del conocimiento. Estos tres pilares han configurado una relación con la realidad en la que cualquier entidad no humana dotada de inteligencia se percibe como un desafío al orden establecido, no por hostilidad, sino por una otredad excesiva. Sin embargo, el objetivo aquí no es cuestionar los logros de la ciencia moderna, ni promover ideas dudosas ni rechazar la herencia cultural occidental, sino recordarnos que la posibilidad de la otredad no humana está presente en diversas cosmologías.

Sin embargo, incluso dentro del mundo cristiano, las líneas están cambiando. En 2008, el padre José Gabriel Funes, entonces director del Observatorio Vaticano, declaró en una entrevista con L'Osservatore Romano:

“Así como existen multitud de criaturas en la Tierra, podrían existir otros seres, incluso inteligentes, creados por Dios. Esto no contradice nuestra fe, porque no podemos poner límites a la libertad creativa de Dios. [...] Si consideramos a las criaturas terrenales como «hermanos» y «hermanas», ¿por qué no podríamos hablar también de un «hermano extraterrestre»?”

Esta postura abre la posibilidad de integrar la hipótesis no humana en una teología de la Creación más amplia. Unos años más tarde, en 2014, el propio Papa Francisco aludió a esta cuestión en una homilía dedicada a la acogida universal. Evocó con humor una posible petición de bautismo por parte de seres no humanos:

«Si, por ejemplo, mañana llegara una expedición de marcianos, y algunos de ellos vinieran aquí... marcianos, ¿verdad? Verdes, con narices largas y orejas grandes, como los dibujan los niños... Y uno de ellos dijera: “¡Quiero ser bautizado!” ¿Qué pasaría?»

(Papa Francisco, homilía del 12 de mayo de 2014, TIME)

Aunque expresada en sentido figurado, esta observación revela una apertura simbólica. La otredad radical no necesariamente quedaría excluida de la comunidad humana o espiritual. Esta postura no valida la hipótesis de la INH, pero sí crea un espacio para acoger lo que en otros lugares se percibe como una ruptura.

Lo que algunas cosmologías aceptan espontáneamente, otras deben asimilarlo poco a poco. El rechazo a la alteridad no es universal, sino cultural.

Una presencia difícil de concebir

Durante setenta y cinco años, el fenómeno de los FANIs ha sido negado, estudiado, ridiculizado y, posteriormente, reintegrado tímidamente a las esferas institucionales. Parece oscilar entre el reconocimiento técnico y la represión simbólica. Porque no se trata solo de un objeto de investigación, sino de una alteridad, una presencia posible, que nuestras herramientas conceptuales, políticas y culturales aún luchan por integrar.

La historia demuestra que la humanidad ya se ha enfrentado a la realidad de una forma de vida que permaneció desconocida durante mucho tiempo. A pesar de una biomasa estimada en 12 gigatoneladas de carbono, el micelio vive bajo tierra, oculto a nuestra vista, pero muy presente.

Un fenómeno puede observarse, describirse y reportarse sin necesidad de existir social o políticamente. Los datos que carecen de un marco común para su validación pueden permanecer invisibles o ser descartados deliberadamente. Los meteoritos son un ejemplo notable de esto. Relegados durante mucho tiempo al ámbito de las fábulas campesinas, no obstante, contaban con numerosos testigos. Sin embargo, ninguna teoría de la época contemplaba su existencia. No fue hasta 1803 que la ciencia finalmente les otorgó un estatus real, tras la caída de L'Aigle y el trabajo de Ernst Chladni.

Todo reconocimiento se basa en una frágil línea que separa lo que aceptamos como verdadero de lo que descartamos como incierto.

En este contexto, una pregunta se vuelve fundamental: ¿qué constituiría una prueba? ¿Cómo podemos definir lo que hoy se considera una prueba irrefutable? ¿Quién tendría la autoridad para validarla? ¿Según qué criterios colectivos de verdad? Dedicaremos nuestro próximo artículo a esta delicada reflexión, en la intersección de la epistemología, la neurociencia, el derecho y las normas sociales.




Modificado por orbitaceromendoza

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