Mendoza: agitación por apariciones de OVNIs (julio y agosto de 1968) [1ra parte]
por Dr Roberto Banchs (CEFAI)
Crédito: Visión OVNI
A mediados de 1968 Mendoza fue conmovida por una serie de inusitadas
denuncias sobre portentos y fenómenos celestes, algunas de las cuales
incluyeron los todavía más extraños ocupantes. Entre estos informes se
mencionan el de la enfermera Adela Casalvieri de Panasitti, del lunes 22
de julio, y el del policía Arsenio Romero, del viernes 9 de agosto. Los
testimonios que aquí se ofrecen están basados en las entrevistas
grabadas por nuestro colaborador Antonio Baragiola en marzo de 1970 y
algunas notas de prensa de la época.
El caso de la enfermera A. C. de Panasitti
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| La testigo Adela Casalvieri de Panasitti. |
Mientras
cumplía su guardia nocturna en el Hospital Neuropsiquiátrico Carlos
Pereyra (calle Ituzaingó 2837, Mendoza), la enfermera Adela Casalvieri
de Panasitti, de 45 años de edad, fue sorprendida a las 1,20 horas de la
madrugada del lunes 22 de julio por un zumbido intenso en los oídos, en
circunstancias de hallarse en el consultorio principal preparando
algunos medicamentos.
“Sentí un ruido fuerte en el oído
-manifestó-
, un zumbido fuerte que me quedaba como sorda, así, y cuando
salí yo creí que me estaba haciendo mal el gas, y salí al patio. Cuando
salí, observé el patio; yo creí que con el aire se me iba a ir el ruido,
pero después de salir al patio, me enfocaron. Y después ya no… lo… el
ruido ya no lo sentí más fuerte, porque como me enfocaron…este… y me
llevé las manos a la cara. Entonces quería sacar las manos de la cara
para ver qué era y no podía, porque me enfocaban tan fuerte, ¡que no
podía!”.
A una distancia estimada en 20 m, y dirección sur, se
encontraba la fuente de ese rayo de luz roja que impresionaba su rostro.
Sin embargo, la testigo se mantuvo de pie, con las manos en su
acalorada cara, y sintiéndose
“paralizada en los pies, nomás, pues no me
podía mover; parecía que estaba pegada al suelo”.
Recién cuando
el objeto comenzó a elevarse lentamente (al modo de un helicóptero); y
luego alejarse inclinado para traspasar una pared de unos 12 m de
altura, la testigo dice que pudo retirar sus manos definitivamente y
verlo con claridad, pues notó que ya no le enfocaban más, aunque volvió a
sentir aquel ruido en los oídos, que le dañaban.
Advirtió que se
trataba de un artefacto de varios metros de diámetro, en forma de un
sombrero u hongo. Era de color aluminio, brillante, y la parte de abajo
parecía girar rápidamente.
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| Artefacto de varios metros de diámetro, en forma de un
sombrero u hongo. |
Como detalle, Adela C. de Panasitti
vio unas ventanillas, a través de las cuales percibió unas figuras
moviéndose en el interior. “Había unas cuantas figuras que se movían.
No se veían claras las personas adentro. Yo vi por las ventanillas que
iban unas para aquí y otras para allá… No se veía bien, porque estaba
bien lejos. Pero gente que iba adentro se veía bien claro”.
Esta
visión de los ocupantes ocurre en momentos en que la enfermera retira
las manos de su rostro y observa hacia el sur cómo el objeto se iba
elevando despacio: “Entonces yo vi gentes -dice- que iban dentro del
objeto, gente a quienes se les veía la mitad del cuerpo. La cabeza no se
les veía, nada más que el cuerpo a la mitad. Pero yo vi a esa gente
adentro que caminaba. No había una sola, sino que eran varias que
caminaban unas para aquí y otras para allá adentro”.
El
aparato tenía las ventanillas, cuadradas, en el medio y unas antenas
grandes a ambos lados y muchas luces de colores.
Ese objeto
habría descendido “en el medio del patio, ahí se había posado”, según la
enfermera. La superficie del patio es de unos 150-200 m2 y estaba
iluminado únicamente por las lámparas de la galería del pabellón viejo
de mujeres, en los fondos del establecimiento. De acuerdo a Adela
Casalvieri de Panasitti, cercano al sitio del aterrizaje “había dos
plantitas en unos canteros, cuyas hojas se cerraron todas, se quemaron.
También, un pimiento que estaba en el patio -agrega-, se quemó todo
hacia abajo, pues sus ramas eran inclinadas”.
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| El caso de la enfermera en el Diario Los Andes. |
En el lugar donde
se habría posado el raro artefacto, quedó una marca de 80 por 30
centímetros, color plomizo, dando la impresión de haber sido quemado. De
acuerdo a lo consignado en las versiones, esta mancha permaneció dos
días y cuando regaban todo el patio notaron que sólo el lugar donde
estaba la marca, se secaba más rápidamente.
Al preguntársele si
algún técnico dictaminó si había radiactividad en el lugar, del
aterrizaje, Adela afirmó sin rodeos:
“¡Sí!, sí, había. Porque se
llevaron un pedazo de (cemento de) pórtland y ramas de árboles”.
Ajustándonos
siempre al testimonio de la enfermera, el OVNI le produjo un intenso
calor,
“como cuando está el Sol caliente, o cuando pasa al lado de una
caldera”, percibiendo además, junto a sus compañeras, un olor a azufre
quemado al tiempo en que se fue el objeto. Asegura que el inusual
fenómeno le ocasionó quemaduras en las manos, el lado derecho del rostro
y el cuello:
“Me revisó un médico que vino de la Fuerza Aérea, y dijo
que había radiactividad en los aros que tenía puestos y el reloj. Tenía
radiactividad”. Más adelante dirá:
“El reloj se paró a las 1,30 horas.
También tenía radiactividad, junto con los aros. Y tenía puesto en la
cabeza un gorrito de lana, porque hacía tanto frío. Lo tenía quemado en
toda esta parte”, indicando a la derecha y atrás de su cabeza. La
testigo afirma que las quemaduras fueron causadas por la presunta
radiactividad, presentando
“un grado de quemadura” (NdR: la enfermera
pareciera querer decir que las quemaduras eran de primer grado[1]).
El
episodio concluyó cuando el objeto desapareció y la testigo logró
recobrar la movilidad, pidiendo auxilio a los gritos (NdR: otra versión
señala que no recuerda haber gritado). La enfermera no alcanzó a llegar
hasta la puerta, porque se le vencieron las piernas y cayó al suelo de
rodillas. Momentos después, se hicieron presentes sus compañeras, que
estaban en un pabellón lejano, notando el penetrante olor a azufre
desprendido, al parecer, por la mancha de pequeñas proporciones.
Como dato adicional, la señora de Panasitti comentó que esa noche los
enfermos mentales -habitualmente inquietos- estaban calmos.
“No se había
despertado ningún enfermo; ninguno, porque suelen levantarse de noche a
tomar agua y esa noche nadie se levantó. Estaba el silencio de la
noche”, sentenció.
Las pericias oficiales
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| El diario France Soir se refiere a los rastros de radioactividad. |
El médico Juan José
Villapriño, director del nosocomio provincial, informó de inmediato del
episodio al subsecretario de Salud Pública y al ministro de Gobierno
-según dijo una fuente-, pero los detalles de la presunta investigación
no fueron revelados. Sí pudo saberse que intervino en los hechos el
Servicio de Inteligencia de Aeronáutica (SIA), la Policía Científica, y
personal de la Comisión Nacional de Energía Atómica, quienes examinaron
el lugar[2].
Una fuente reservada, aunque no confirmada, advirtió
a los medios periodísticos locales que la enfermera lleva cinco años
trabajando en ese hospital y que no es una persona sugestionable. Se
trata de una mujer física y psíquicamente normal, de acuerdo a lo que se
dijo. Inclusive, luego de su experiencia se la habría sometido a varios
exámenes que dieron prueba de su normalidad. Creyendo en un principio
que podría haber sufrido una epilepsia temporal (por las luces y
colores que manifestó ver), se descartó luego esta posibilidad.
Otra
de las versiones indicaron que al día siguiente técnicos de la Comisión
Nacional de Energía Atómica (CNEA), provistos de un contador Geiger,
comprobaron en el lugar del presunto descenso “radiactividad básica”, y
que miembros del Servicio de Inteligencia de Aeronáutica (SIA) y de la
Policía Científica se llevaron muestras de la mancha y algunas hojas de
los árboles para analizarlas, cuyos resultados se desconocen (l).
¿Otros testigos?
Aunque la noticia no pudo ser confirmada, fuentes
periodísticas señalan que esa noche las hijas del comandante Victoria,
que se alojaban en el casino de la guarnición, vieron un objeto
luminoso, en forma de huevo, que despedía diferentes tonalidades
(rojizas, azules y anaranjadas), desplazándose raudamente por el espacio
(2). A su vez, al preguntársele respecto a otros posibles testigos, la
señora A.C. de Panasitti indicó: “Dicen que lo vio el sereno del hotel,
de la calle Santiago del Estero, que lo vio bajar pero no se adónde”
(NdR: se trataría de un hotel que hay detrás del hospital). Según nos
comunicó la hija de la enfermera en fecha más reciente, el sereno vio
cuando el aparato emprendió vuelo.
A este presunto testigo se lo
ha relacionado con la breve noticia de prensa que dice que “la señora de
Panasitti no hizo la denuncia en la policía, pero sí un vecino al que
no pudimos identificar por ahora” (3)
Consideraciones sobre el caso
El episodio que hemos expuesto,
conforme a las informaciones que fueron de dominio público, parece
sostenerse en varios aspectos sobre un conjunto de rumores y versiones
que -por diversas circunstancias- no han podido verificarse, creando
cierto halo de misterio a un hecho por demás desusado. Sin embargo, de
lo que no hay dudas, es que Adela Casalvieri de Panasitti dijo haber
sido testigo de un fenómeno inaudito.
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| Impacto del caso en el diario El Andino. |
Nuestra tentativa de
investigación, años después, se vio frustrada parcialmente con la
noticia del fallecimiento de la testigo, ocurrido diez años más tarde.
Empero, fue posible dialogar con sus hijos, Vicente y Cristina
Panasitti, quienes nos aportaron algunos datos. Adela nació el 1 de
diciembre de 1922 y su deceso se produjo el 14 de junio de 1978, víctima
de cáncer intestinal, que -aparecido en 1974- sospecharon podría ser
culpa de “la radiactividad que no sería poca, pues la dejó mal por las
quemaduras”.
Es oportuno mencionar que el técnico Francisco
Muñiz, de la Comisión Nacional de Energía Atómica, que realizó la
“determinación radiactiva” en varios casos ufológicos ocurridos por esa
fecha en Mendoza, declaró en ocasión del comentado episodio de los
empleados del casino (véase: LOS IDENTIFICADOS VII, 1994) para un
importante semanario:
“No encontré en ningún momento nada de
radiactividad sobre lo normal. En la inspección que realizamos en el
Hospital Neuropsiquiátrico -agregó- tampoco encontramos nada” (4).
No
obstante, según parece, si se habrían registrado “indicios de
radiactividad”, esto no debería sorprender puesto que resulta un hecho
relativamente frecuente en muchos lugares. En una vía especulativa, es
posible también que la superficie del patio (de “cemento Pórtland”)
contenga partículas radiactivas, a sabiendas que en Mendoza se
encuentran unos yacimientos uraníferos considerados entre los más
importantes del mundo.
Es poco difundido que hasta la misma
pintura o esmalte fosforescente de las manecillas de los relojes agita
las agujas de los contadores Geiger, sin riesgo para los usuarios. De
cualquier forma, la hipótesis ensayada queda expuesta para su
constatación. Así las cosas, tendríamos que ceñimos a la declaración del
técnico de la CNEA, como la autoridad que realizó las mediciones, y
aceptar que la testigo o los medios que recogieron la versión
cometieron un error por desconocimiento.
Por otra parte, cuando se le preguntó a la señora quién fue el médico
que la revisó, no pudo precisarlo, sólo acotar que era de la
Aeronáutica. Sus hijos nos han dicho, incluso, que no tienen comprobante
alguno y que, pese a las quemaduras (“como si hubiera estado dos días
en la playa tomando Sol”, dice Vicente), no le prescribió medicación o
tratamiento alguno. Tampoco otros médicos lo hicieron, debiendo sólo
guardar reposo.
Según Diario de Cuyo, San Juan, el examen médico
al que fue sometido la enfermera mostró que la quemadura que presentaba
en el lado izquierdo del rostro y que ella atribuyó a la fuerte luz,
podía haber sido una reacción alérgica, y en la base de la mandíbula
presentaba una mancha que persistió varias semanas, que fue
desapareciendo paulatinamente. Los poros de la piel estaban dilatados.
En el otro lado de la cara, presentaba un enrojecimiento no tan
definido.
Naturalmente, todo esto -por sí sólo- no alcanza a
explicar de modo concienzudo el conjunto de presuntas evidencias
(detención del reloj, quemazón del gorro de lana, enrojecimiento de la
piel, etc.). La intervención del ufólogo mendocino Antonio Baragiola se
ha limitado a la tarea de encuesta, sin arriesgar una opinión sobre su
autenticidad, o falsedad. Y de la investigación “oficial”, como se ha
visto, poco ha trascendido.
Quizá por ello el caso de la
enfermera derivó en varias hipótesis. Hay quienes consideran que el
testimonio de la mujer se corresponde de manera fidedigna a los
acontecimientos ocurridos en el Hospital Neuropsiquiátrico. Otros, desde
una perspectiva tal vez más racionalista, estiman que todo se debió “a
un estado de semiinconsciencia producido por el encierro y el calor de
la estufa” (5).
Al menos, esta parece ser la conclusión a la que
habría llegado la Jefatura de la Policía de la Provincia, cuando emite
un comunicado en relación con los testimonios de algunas personas “que
dicen, haber sido testigos o afectados de algún modo por estos
fenómenos”, resultando en todos los casos y sin excepción, que no se ha
comprobado absolutamente ninguna de las aseveraciones sobre supuestos
acontecimientos desusados.
Haciendo una presunta alusión respecto
a los informes tratados en este artículo, el comunicado expresa: “Al
parecer se trata solamente, en algunos casos, de fenómenos
alucinatorios…” Y añade: “se destaca que todos los indicios materiales
localizados y analizados responden a causas naturales y comunes libres
de interpretaciones extraordinarias…” (6).
Un hecho que respalda
este punto de vista es que “el ruido fuerte en el oído, un zumbido
fuerte que -según A. Casalvieri de Panasitti- me quedaba como sorda”, no
fue escuchado por el resto del personal del hospital allí presente, y
sí en cambio, los gritos que la enfermera profirió alarmada por su
extraña visión.
¿O acaso debiéramos pensar que un misterioso “campo de
fuerza” aturdió a la enfermera, adormeció a los pacientes, y ensordeció
deliberadamente al resto del personal de guardia? Semejante
versatilidad y propiedades prodigiosas estarían en contraste con una
supuesta tecnología que muestra fugas radiactivas y pérdidas de aceite.
Otro
dato se agrega a los existentes. Apenas unas semanas antes de
producirse el caso, exactamente el miércoles 3 de julio, se habría
proyectado por el canal 9 de Mendoza (por entonces, una de las únicas
dos emisoras de televisión de esa ciudad), el episodio 22 de la
consagrada serie Los Invasores, “El Enemigo”, cuya protagonista invitada
fue en esa ocasión -curiosamente- una enfermera…[3].
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[1] Quemaduras de primer grado son las que, sin romper la piel, producen solamente enrojecimiento de la misma.
[2]
Otro de los informantes dijo que al otro día del fenómeno arribaron al
lugar técnicos de la CNEA. Al hacer funcionar un contador Geiger, se
comprobó que en el sitio del supuesto descenso del OVNI había
“radiactividad básica”. Dicho sea de paso, la radiactividad es una
microonda producida por la desintegración de ciertos átomos.
[3]
El estreno de la serie televisiva Los Invasores se produjo en Mendoza
el 7 de febrero de 1968, antecedida por una marcada publicidad (7) y
continuada con gran expectativa. El episodio en cuestión presenta
diversos matices de interés, -entre ellos, el conflicto ético de su
profesión y algunas problemáticas personales-, así como otras llamativas
coincidencias con el caso protagonizado por la enfermera de Mendoza,
aunque bastante comunes de los relatos de OVNIs y de ciencia-ficción
(rayo desintegrador, características de la nave, etc.). En torno a ella
se desenvuelve una trama cuando ve descender una nave y decide prestar
ayuda a su tripulante.
Continuará...
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