El sábado 13 de agosto de 1994 un grupo de personas que regresaban en
dos automóviles a la ciudad de Azul (Pcia. de Buenos Aires), después de
pasar un día de campo, observan desde la ruta provincial 51 y a unos 16
km de aquella, un conjunto de luces titilantes de coloración roja,
amarilla, anaranjada y verde, situado a un centenar de metros de
los testigos, al este, casi a ras del suelo, en los campos de la familia
De Uriarte
Al momento, detienen los vehículos, ubicándose uno de
ellos frente a las luces, para iluminar la escena. Ven unas siluetas
antropomorfas y, sin dudar de que la extraña visión perteneciera a un
OVNI, algunos de ellos deciden aproximarse a pie. Al llegar hasta la
alambrada perimetral, notan que las mismas comienzan a acercárseles. Con
gran temor, vuelven a sus vehículos y se alejan presurosos del lugar.
Los testimonios
El
episodio trascendió públicamente cuando el padre de una jovencita,
compañera de escuela de la hija de una de las testigos (también
presente, al igual que otras dos compañeras del curso), comentó la
novedad al canal 2 de TV de Azul. A partir de allí, algunos ovnílogos
intervinieron en el asunto y le dieron mayor difusión al caso (l).
La
espectacularidad de los relatos, la cantidad y la seriedad de testigos
-quienes se habían mostrado renuentes a toda publicidad-, justificaron
rápidamente nuestra investigación.
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El testimonio de Julio
Gourreges: El conductor del primero de los automóviles no había
ofrecido, hasta entonces, su versión de los hechos. La ocasión resulta
propicia para abrir el diálogo señalando que dos días después del
avistamiento se encuentra circunstancialmente con Héctor De Uriarte
(dueño del campo), y le pregunta sobre lo sucedido en sus tierras. Sin
titubeos De Uriarte le responde que
“habían sido los chicos que estaban
en el campo”, en referencia a un sobrino, hijo de su hermana que también
es dueña del campo, y unos amigos. Esto le permitió -según manifiesta-
rectificar sus iniciales puntos de vista.
Viajante de comercio,
con 48 años al momento del suceso, Julio Courreges se muestra como una
persona muy ansiosa, temerosa, esquiva a los medios de comunicación.
Insinúa su deseo de no tener problemas con la vecindad. Creyente e
interesado en los OVNIs, remite su relato a un episodio que le sucedió
hace unos diez años atrás.
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| Dibujo del objeto según Julio Courreges. |
Ese anochecer del 13 de agosto
Courreges venía del campo de su propiedad conduciendo un automóvil Fiat
128, junto a su hermano Cacho, su esposa Angelina, y su hija Graciela,
de 24 años. En otro automóvil iba la Sra. Noemí C. de Garciarena,
acompañada de su hija y amigas de ésta. Regresaban por la ruta 51,
cuando a unos 16 km de Azul, del lado izquierdo observan en los campos,
donde se localiza una cava, u hoyo, algo que “parecía una calesita” de
luces amarillas, rojas, prendiendo y apagándose, a unos. 90-120 metros
de la ruta. No observó que giraran.
“Era como un óvalo, achatado”.
Metros más adelante, cerca de una tranquera, detiene el automóvil.
También lo hará Garciarena, quien venía a corta distancia.
“Se
veía como neblina, aunque podría haber sido humo de un fuego, o
humedad”, expresa. El testigo coincide con su hija Graciela que no fue
posible escuchar voz alguna. Al momento en que los faros del otro
vehículo enfocan hacia la extraña visión, tampoco alcanzan a visualizar
nítidamente algún detalle. Su hija interviene para indicar que lo único
que podía verse eran esas luces, que resultaban
“llamativas”, pero no
especialmente intensas.
Ambos comentan haber visto entonces
varios individuos de mediana talla, que por la distancia
“tenían el
aspecto de bultos” moviéndose en torno a las luces. Estas figuras
“se
movían como personas normales”. Al bajar de los autos y acercarse a la
tranquera allí existente, la sorpresa e inquietud inicial dan paso al
temor.
“Estábamos a unos 40 m -dice Julio Courreges-
cuando se acercan a
nosotros”. Frente a lo que podría ocurrir huyen en veloz carrera.
Sin
embargo, los Courreges dejan a los Garciarena y deciden llamar a la
policía desde una estancia vecina. Según nos informa padre e hija,
minutos más tarde una comisión policial se hizo presente y juntos
se dirigen al lugar. Tras inspeccionarlo, no observan nada fuera de lo
común. Nada de aquel extraño espectáculo.
Es pertinente indicar que el testigo estuvo acompañado en la entrevista
por sus hijas, Graciela y Julia. La primera también testigo del hecho
junto a su padre. La actitud general fue en todo momento amable, aunque
recelosa, mostrando cuidado en sus manifestaciones tanto gráficas como
verbales.
A lo expuesto se debe añadir que Julia estuvo
esa tarde en el campo de su padre, pero ella regresó en compañía de su
novio media hora antes. En esas circunstancias, también habrían
observado el mismo fenómeno, restándole importancia y sin detenerse
siquiera, pensando que se trataba de balizas.
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El testimonio de
Noemí C. de Garciarena: La testigo se muestra bien dispuesta a
comunicar su experiencia. Ansiosa, colaboradora, de una proverbial
capacidad de asombro, Noemí nos ofrece su versión, haciéndolo junto a
quienes le acompañaban aquella tarde en el auto, su hija Bettiana y sus
dos amigas.
De acuerdo al relato, ese sábado las familias
Courreges y Garciarena, y unas amigas de su hija, habían pasado una
tarde en el campo de los Courreges situado en las proximidades de Azul.
A su regreso, después de las 19,00 horas, el automóvil conducido por
Julio Courreges circulaba por la ruta provincial 51. A corta distancia
iba Noemí C. de Garciarena, de 39 años, conduciendo su propio automóvil
-un Peugeot 505- en compañía de su hija Bettiana, y las amigas de
ésta, Guillermina Arpaia, y María Rita Baldini, todas ellas de 13 años
de edad y compañeras de estudios.
Al llegar a unos 10 km de la rotonda de acceso a Azul, a la altura de
los campos de la familia De Uriarte, Noemí ve que el auto de los
Courreges se detiene en la banquina. Piensa que algo le habría ocurrido
al vehículo y, tras la maniobra, hace lo mismo al tiempo que observa
hacia su izquierda, a unos 100 metros, un conjunto indeterminado de
luces intensas, de coloración predominantemente roja y amarilla,
notándose también tintes anaranjados y verdes. Destellaban con
cierta intermitencia, a ritmos precisos, prendiéndose y apagándose.
Los testigos no pueden estimar el tamaño o longitud de las mismas, pero
señalan que era grande. Este había sido el motivo por el cual se detuvo
el primer automóvil. Ambos contingentes intercambian algunas palabras
de asombro y, a sugerencia de Julio Courreges, Noemí cruza su vehículo
en la ruta con los faros en dirección hacia las luces que llamaban su
atención, no sin antes ubicar a las chicas en el automóvil de los
Courreges, quedando las mismas en compañía de la esposa de éste.
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| Dibujo de Noemí C. de Garciarena. |
“Veíamos
como un humo que iba por debajo de todas esas luces, que formaban como
una circunferencia que no estaba sobre el piso, y había personitas; yo
las ví muy altas, tipo fideos, y caminaban entre las luces”, agrega
Noemí.
De inmediato se dirige junto con Julio, el hermano, y
Graciela, hacia la orilla de la alambrada, notando entonces que los
ignotos individuos se venían hacia ellos, con movimientos normales, pero
rápidos.
Su hija Bettiana hace escuchar su clamor:
“¡Mamá, no
vayas, tenés familia!”. Pero el pavor pudo más, y ante la situación que
sintieron amenazante, en un instante regresaron a los automóviles y
huyeron despavoridos.
Cuando estuvieron a considerable distancia,
dejando atrás a los Courreges, Noemí detiene nuevamente el auto para
observar, pudiendo advertir en apenas una fracción de segundo cómo
“una
luz anaranjada se desprendió del suelo” hacia el cenit, tan
fugazmente que no le dio tiempo para avisar a las demás.
En cuanto a los testimonios de las jovencitas, se observan algunas
diferencias de matices, pero que cobran unidad en su conjunto.
Bettiana
Garciarena es vivaz, madura para su edad. Ella nos dice:
“Las luces
eran potentes, grandes, iluminando el campo. Sus colores eran variados y
tenían aspecto cuadrangular. Había un humo liviano, envolvente, que
parecía provenir de abajo. Las personas caminaban entre el humo y por
delante de las luces, sin prestarnos atención. Eran altas, pero de
aspecto y movimientos normales, aunque lentos cuando se hallaban en
torno a las luces”. Lo que más le llamó la atención -coincidiendo
con su madre- fue el humo, y las personas caminando y después “cuando
corrieron” hacia ellos.
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| La visión de Bettiana Lorena Garciarena. |
Guillermina Arpaia se muestra inquieta,
pero atenta durante el largo transcurrir de la entrevista.
“Estaba
asustada y temblorosa mientras veía la escena desde el interior del
automóvil. La única vez que los ví (a las personas, como acuerdan en
llamarles), fue cuando venían caminando hacia nosotros. Parecían estar
vestidas con ropas muy ajustadas”.
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| Para Guillermina Arpaia el objeto tenía esta forma. |
María Rita Baldini es
prudente, retraída, pero cuando interviene lo hace de manera precisa.
Respecto a las luces comenta que
“se prendían y apagaban en seguidilla,
parecía que el platillo daba vueltas, pero no: eran las luces que se
prendían y apagaban”. Agrega que éstas no tenían forma definida, y que
el humo salía del suelo, hacia un costado de las luces.
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| El dibujo de María Rita Baldini muestra la traqura y el objeto detrás de ella. |
En el lugar
Al
sitio del avistamiento se accede tras recorrer 16 km desde Azul, por la
ruta provincial 51. Se trata de una zona rural. Al este, en campos de
la familia De Uriarte es donde habrían sido vistas las luces, junto con
las personas. Al mismo se ingresa desde la ruta por una tranquera. No se
observan caminos, sino, unas desdibujadas huellas en el llano de las
tierras.
En esa dirección, a más de 2.000 m y paralelo a la ruta,
corren las vías del Ferrocarril Gral. Roca, y unos postes para los
tendidos eléctrico y telegráfico. En la distancia, también se advierten
unos montes de eucalipto que revelan algunas edificaciones; cascos de
estancias, y un horizonte que destaca el holgado cielo[1].
El
campo, delimitado por un vallado de alambre, linda al norte con otros
campos vecinales, y al sur, a unos 400 m de la tranquera, con un camino
de tierra que permite el acceso a los distintos cuadros. Éste no es
perpendicular a la ruta, sino que va estrechando -por así decir- el
campo de los De Uriarte.
A unos 80 m de la alambrada que da hacia
la ruta, y a un centenar de metros de la ubicación de los testigos, se
encuentra dentro del campo una cava, u hoyo, producido por la extracción
de un volumen de tierra hasta la capa de tosca. Se extiende de norte a
sur unos 200 m, y de oeste a este unos 20 metros en su anchura mayor. Su
profundidad alcanza 1,70 m, o más, por lo que se ha formado un charco o
lagunajo cuyas dimensiones varían según el agua de lluvia caída. Una
huella de apeador la circunda, y pueden allí notar se -entre otras-
desecho de latas y algún fogarín extinguido.
Precisamente, de acuerdo a los relatos, ésta sería el área donde se manifestó la inusual presencia.
No
obstante, antes de inspeccionar el terreno, requerimos la debida
autorización. Al efecto, en el cortijo fuimos atendidos por Alejandro
Tato Castiglione, encargado de la finca. Hombre abierto al diálogo,
guardián, y escéptico de estos fenómenos, lo primero que expresa tras
exponerle los motivos de nuestra visita, es que
“se trató de un error:
si hay luces en el campo, es porque estamos trabajando”.
Sostuvo
que lo visto se debió a que, en esa jornada, los hijos de la hermana de
Héctor De Uriarte (también dueña del campo, con residencia en Buenos
Aires), y otros jóvenes amigos habían estado justamente allí, lugar
donde se desenvolvieron los acontecimientos. Según afirma, la
observación del presunto OVNI se habría originado por las luces de los
vehículos utilizados por los jóvenes.
Días más tarde
hablamos con Héctor De Uriarte, ausente en ese momento. El dueño del
campo tuvo inicialmente una actitud de extrema reserva y recelo. Esto se
debió a dos motivos: el no haber sido informado y consultado aquel
mismísimo día acerca de lo ocurrido en el campo de su propiedad (lo
cual, además, hubiera podido esclarecer aparentemente el episodio de los
supuestos ETs), y por la desconfianza que habría suscitado cuando, de
buena fe, ofreció una explicación a quienes lo habían entrevistado con
anterioridad.
Sin ahondar en detalles, De Uriarte nos manifestó
que las luces observadas provenían, en definitiva, de varios vehículos
(guiñas y balizas) pertenecientes a uno de sus sobrinos y amigos de
éste, quienes habían estado -según le confió- en el lugar donde se
produjo la observación. En apariencias, el avistamiento viene a
coincidir con el momento en que los jóvenes, caída la tarde, regresaban
del campo hacia la finca.
Consideraciones finales
El caso
tratado nos muestra el efecto de un estímulo ambiguo, como lo es una
secuencia o conjunto de luces pulsantes, humo y algunas personas en
torno a ellas.
A ese respecto, debemos recordar que momentos
antes de la observación del OVNI de los Courreges y Garciarena, la hija
mayor del primero, Julia, transitó por la ruta en compañía de su novio y
avistó el mismo fenómeno, pero no le dio importancia, pues consideró
que se trataba de balizas.
Esta actitud de lisa indiferencia
contrasta con el impacto emocional de los ocho testigos, entre adultos y
púberes. ¿Qué es lo que desencadena esta reacción?: La indubitable
creencia que se trata de extraterrestres. Sin embargo, convendrá
examinarla detenidamente.
Como lo indican las escenas,
Julio Courreges, conductor del primer vehículo advierte el fenómeno,
parece tener la seguridad de que se trata de un legítimo OVNI, y frena
casi repentinamente, provocando la detención del automóvil que venía más
atrás. Se crea entonces una atmósfera de incertidumbre, seguida por
temor, pero donde todos desean ver al OVNI.
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| Noemí cruza su vehículo en la ruta con los faros en dirección hacia las luces que llamaban su atención. |
¿Qué hubiera ocurrido
si Julio Courreges, al modo en que lo hizo su hija Julia, le restara
importancia? Lejos de cualquier simplificación, sospechamos que su
jerarquía de adulto y, de alguna manera, líder del grupo, le dan cierta
autoridad para construir o dar sentido a una realidad que los avasalla
por su carácter difuso y que despierta expectación. El OVNI viene a
resolver el interrogante. El monto de ansiedades puesto de manifiesto no
da lugar a reflexiones. Ellos asisten a una conmovedora experiencia,
sin dudar de lo que asevera Julio, para quien esa experiencia resulta
propiciadora, pues viene a confirmar sus creencias en los OVNIs (como
naves) y ratifica su visión de uno de esos portentos ocurrida años
atrás. A su vez, reanima las noticias producidas en esas fechas y,
especialmente, la publicada el día anterior en la prensa de Azul.
Con ello no queremos desmerecer tampoco a los demás testigos, quienes
realmente han visto algo y lo describen con absoluta honestidad, aunque
-estimamos- teñido por lo subjetivo. Efectivamente, todos han visto algo
que sólo alcanzan a explicar como esa primera impresión recibida: un OVNI, un plato volador. Al formularles el porqué, se avienen a responder
en conjunto:
“por los colores, por lo extraño, y porque así lo muestran
las fotografías. Después de todo, es un OVNI, aunque opinamos que son
naves”.
A pesar de que los testigos no están ajenos al modelo que
les provee la cultura acerca de qué es un OVNI, y de la importancia
decisiva que la psicología le reconoce a las experiencias por su
cooperación en la transferencia de aprendizaje, para la “Psicología de
la Gestalt” esa experiencia pasada no es el factor principal responsable
de la apariencia de los objetos. Para Wertheimer, la psique -por su
necesidad de regularidad y ordenamiento- tiende a configurar el campo
visual. En otras palabras, los procesos responsables de la formación de
objetos visuales tienden a formar figuras cerradas (cierre), a su
agrupamiento cuando la distancia entre ellos es menor (proximidad), y a
organizarse de manera simple, simétrica y uniforme (buena forma). Estas
leyes de la percepción se aplican claramente frente a la descripción y
dibujos de los testigos, en particular, el realizado por Julio y
Graciela Courreges: a un todo segregado de luces sobre un fondo
homogéneo, se configura una forma total, cerrada y circular. Es
decir que, a partir de un todo disperso, se los ha organizado y
adjudicándole una forma, la cual -además- contiene un significado común,
que es precisamente el de un plato.
Así expuesto, la explicación -ora hipótesis- ofrecida por las personas
del campo donde se desarrolló el avistamiento resulta aceptable. Desde
ya, porque conocen sus tierras y -lo que parece más saliente- a los
supuestos ETs, y por otra, porque es más consistente que pensar en una
nave por los coloridos destellos. O por el humo, o por las siluetas de
las cuales huyen despavoridos. En nuestra opinión, parece probable que
se haya tratado de los vehículos que alude el dueño del campo, ubicados
próximos al lagunajo, o quizás en el camino transversal a la ruta,
con sus luces titilantes.
(1) La Zona, Olivos, BA, 18 noviembre 1994; La Razón, Buenos Aires, 5 diciembre 1994, ps. 14/15.
[1]
A propósito, el Sol se había puesto pasadas las 18,15 horas, y la Luna a
las 19,15 se hallaba en su sexta fase (creciente, 46% iluminada), en
dirección noroeste y cercana al cenit (azimut 322.65’ y altitud, o
elevación sobre el horizonte 68.45’, aproximadamente): Las condiciones
meteorológicas previstas indicaron para ese día: nubosidad variable,
tiempo inestable, leve descenso de la temperatura (al momento del
avistamiento orilló los 14 grados C), con vientos leves moderados del
sur.
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