martes, 28 de julio de 2026

Platillos voladores y manipuladores de la opinión pública: los OVNIs y el nacimiento del Estado mediador estadounidense

Platillos voladores y manipuladores de la opinión pública: los OVNIs y el nacimiento del Estado mediador estadounidense
por David Metcalfe



Cualquier investigador serio del fenómeno OVNI sabe que muchos gobiernos han implementado programas de "gestión de la percepción". Existen buenas razones para ello, relacionadas con la seguridad nacional. Los avistamientos podrían estar vinculados a los programas militares de otro gobierno, o, si las extrañas naves provienen realmente de otros planetas, podrían ser hostiles. O, lo más probable, los gobiernos no quieren generar alarma y simplemente desconocen qué son los OVNIs. Como dijo el filósofo Ludwig Wittgenstein: "De lo que no se puede hablar, mejor callar".

En cualquier caso, existe una historia exhaustivamente documentada de gestión de la percepción. Documentos desclasificados revelan que los gobiernos, incluidos los del Reino Unido y Estados Unidos, a menudo han encubierto y manipulado información sobre avistamientos de OVNIs. Uno de los ejemplos más conocidos se encuentra en el Informe Durant, que recoge las actas del Panel Robertson de 1953, un comité del gobierno estadounidense convocado para estudiar los OVNIs. Si bien el comité concluyó que los OVNIs en sí mismos no representaban un riesgo para la seguridad, recomendó un proyecto de gestión de la percepción que denominaron «formación y desmitificación»: una campaña de educación en los medios de comunicación, llevada a cabo con la ayuda de académicos y magnates mediáticos, para controlar el conocimiento público sobre los OVNIs.

– Diana Pasulka, American Cosmic – UFOs, Religion, Technology (Oxford University Press, 2019)

Boston Sunday Post, 20 de julio de 1947.
La era moderna de los OVNIs comenzó en 1947, un año marcado por cambios culturales trascendentales. La era atómica acababa de arrancar, la Segunda Guerra Mundial había reordenado radicalmente el poder global y Estados Unidos emergía como una potencia hegemónica asimétrica en los ámbitos militar, tecnológico y económico. Para gestionar este nuevo y aterrador panorama, Washington construyó apresuradamente una formidable estructura de secreto de Estado. Mediante la Ley de Seguridad Nacional de 1947, el país creó la CIA, una Fuerza Aérea independiente y el Consejo de Seguridad Nacional.

Luego, en 1947, abrió sus puertas otra institución: la Sociedad de Relaciones Públicas de América (PRSA).

A primera vista, estos sucesos parecen pertenecer a universos completamente distintos. Uno se refiere a objetos anómalos de apariencia metálica, avistados por un piloto privado en los cielos del Monte Rainier, que desencadenaron una oleada de avistamientos en todo Estados Unidos; el otro concierne a la comunicación corporativa, la confianza pública y la gestión clínica de la reputación organizacional. Sin embargo, vistos desde una perspectiva histórica más amplia, revelan algo importante sobre el ecosistema cultural en el que surgió el fenómeno de los platillos voladores.

El fenómeno OVNI no surgió espontáneamente en la Norteamérica de la posguerra. Se materializó dentro de un nuevo imperio que se transformaba rápidamente en una sociedad de la información y un estado mediador. Esto no implica que las relaciones públicas fabricaran el fenómeno OVNI, ni que el misterio en sí fuera una operación psicológica ideada por la publicidad. Los platillos voladores tienen antecedentes históricos que se remontan a siglos atrás, al igual que el arte de la propaganda es anterior al siglo XX. Lo que cambió después de la Segunda Guerra Mundial no fue la existencia del misterio o la persuasión, sino la institucionalización sistemática de la gestión de la información y la comunicación de masas como características definitorias de la vida estadounidense.

Para comprender esta transformación, sin embargo, tenemos que remontarnos una generación atrás.

Antes de los platillos voladores

Mucho antes de Kenneth Arnold o Roswell, Estados Unidos ya había descubierto que la información utilizada como arma podía funcionar como un instrumento de poder nacional.

En 1917, tras la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial, el presidente Woodrow Wilson creó el Comité de Información Pública (CPI, por sus siglas en inglés) bajo el enérgico liderazgo del periodista George Creel. El CPI representó el primer esfuerzo industrializado del gobierno federal para coordinar mensajes, moldear la opinión pública y movilizar a toda la población mediante la difusión sincronizada de periódicos, folletos, películas y discursos públicos.

El propósito del Comité de Información Pública era crear y distribuir información bélica que apoyara los esfuerzos bélicos de Estados Unidos. El presidente del comité, George Creel, periodista del Medio Oeste, emprendió una campaña nacional de propaganda que incorporó prácticamente todos los medios de comunicación —periódicos, revistas, folletos, publicidad, radio y los primeros filmes— para difundir un mensaje positivo sobre la guerra.

La experiencia previa de Creel como periodista influyó en el método de recopilación de información del CPI, y él enfatizó que este basaba su mensaje en hechos concretos en lugar de exageraciones. Sin embargo, el CPI siempre presentó sus mensajes de manera positiva.

Una práctica específica que Creel desarrolló fue el programa "Four Minute Man", mediante el cual oradores públicos realizaban presentaciones de cuatro minutos sobre diversos temas en entornos sociales. Esta táctica formal y personal, combinada con una avalancha de propaganda diaria a través de noticias y radio, demostró la eficacia de los métodos propagandísticos del CPI.

– Thomas Richardson, "Four Minute Men, and the US Committee on Public Information" (Comisión del Centenario de la Primera Guerra Mundial).

El Índice de Percepción de la Conciencia (IPC) fue sumamente controvertido, incluso para sus contemporáneos, pero su legado fue perdurable. Tras el armisticio, las técnicas psicológicas perfeccionadas en tiempos de guerra se integraron sin problemas en el comercio, la política y la sociedad civil. Pioneros como Ivy Lee y Edward Bernays transformaron la publicidad bélica en algo mucho más sistemático y clínico: las relaciones públicas. A mediados de siglo, las instituciones ya no consideraban la comunicación como algo secundario, sino como una función estratégica fundamental que requería investigación rigurosa, planificación psicológica y experiencia profesional. Hoy en día, los "Hombres de los Cuatro Minutos" de Creel se han convertido en los influencers, comentaristas y expertos instantáneos que pueblan las redes sociales.

La fundación del Instituto de Relaciones Públicas en 1948 no dio inicio a esta historia; marcó su madurez. Para cuando se reportaron los primeros platillos voladores, Estados Unidos llevaba tres décadas construyendo instituciones dedicadas no solo a transmitir hechos, sino también a controlar cómo la información moldea la percepción, la legitimidad y la confianza humanas.


Tabla de informes diarios de OVNIs del 15 de junio al 15 de julio de 1947, del Informe sobre la oleada de OVNIs de 1947, Comité Nacional de Investigaciones sobre Fenómenos Aéreos (NICAP, 1967).

La llegada del OVNI

Fue en este mundo hipercontrolado donde apareció el platillo volador. Esta convergencia histórica y cronológica es clave para comprender dónde nos encontramos ahora, tantas décadas después de 1947, cuando el artículo de Leslie Kean, Ralph Blumenthal y Helene Cooper publicado en el New York Times en 2017 dio inicio a una nueva ola de manipulación en torno al tema OVNI. En apenas unos años, Estados Unidos presenció el nacimiento de la era atómica, el auge del aparato de seguridad nacional, la expansión de las redes de inteligencia globales, el perfeccionamiento de la guerra psicológica, la difusión masiva de la televisión, la profesionalización de las relaciones públicas… y la llegada del OVNI moderno.

Todo comenzó en un día radiante de 1947. El empresario Kenneth Arnold, mientras sobrevolaba el Monte Rainier en su avión, vio una extraña hilera de aeronaves con forma de disco que pasaban a una velocidad increíble y en perfecta formación. Parecían platillos voladores invertidos, comentó más tarde. Pronto, el país se vio inundado de informes sobre otros objetos inexplicables en el cielo. Algunos lo llamaron alucinación colectiva. Otros estaban seguros de que las naves provenían de otro mundo. Hasta el momento, no hay una explicación definitiva. Por ahora, la respuesta permanece oculta en el vasto e inabarcable cielo.

– Lawrence Elliot, Platillos Voladores: ¿Mito o Amenaza?, Revista Coronet, noviembre de 1952, volumen 33, número 1

En conjunto, todos estos acontecimientos alteraron radicalmente el entorno en el que los estadounidenses y el resto del mundo interpretaban la realidad. La información se había vuelto estratégica. El secretismo se había institucionalizado. La percepción pública se había convertido en una cuestión de vital seguridad nacional.

El fenómeno OVNI nació precisamente en este contexto.

Una anomalía en las comunicaciones

Apenas cuarenta y cinco días después de que los periodistas acuñaran el término «platillos voladores», una encuesta de Gallup reveló que el 90% de los estadounidenses había oído hablar de ellos. Esta reacción no solo demostró el valor informativo de los temas OVNI, sino que también reflejó importantes ramificaciones comerciales. En pocas palabras, los platillos voladores representaban un gran atractivo para el entretenimiento. Esta realidad no solo resultó ser una mina de oro para la industria de la ciencia ficción, sino que los periodistas también se apresuraron a explotar la situación. (…) Dada la escasez de explicaciones para los numerosos avistamientos de OVNIs, para el 5 de julio, los periodistas nacionales comenzaron a considerar la posibilidad de que los platillos voladores fueran «naves espaciales» comandadas por seres extraterrestres.

Esta opinión, que United Press atribuyó originalmente a un lector del San Francisco Chronicle, cruzó un umbral periodístico clave. La narrativa, al atribuir valor informativo a las afirmaciones de visitas extraterrestres a la Tierra, desdibujó los límites periodísticos de una manera que sigue siendo evidente hoy en día.

– Phillip J. Hutchison y Herbert J. Strentz (2019) Periodismo versus platillos voladores: evaluación de la primera generación de reportajes sobre ovnis, 1947–1967, American Journalism, 36:2, 150-170

Este contexto explica por qué el OVNI nunca ha sido un misterio puramente aéreo. Siempre ha sido, además de todo lo demás, una anomalía en las comunicaciones.


Revista Coronet, noviembre de 1952, volumen 33, número 1.

A diferencia de una especie marina recién descubierta o un artefacto arqueológico hallado en el desierto, a menos que seas testigo o hayas tenido una experiencia directa, el fenómeno OVNI existe principalmente a través de la mediación. Se trata de un fenómeno constituido por titulares de periódicos, ruedas de prensa militares, memorandos con numerosas partes censuradas, testimonios ante el Congreso, superproducciones de Hollywood, informes científicos, vídeos infrarrojos filtrados, negaciones oficiales y, con el desarrollo de las comunicaciones en red a finales del siglo XX, foros de internet. Cada generación se ha topado con el fenómeno o lo ha interpretado a través del prisma de las tecnologías de comunicación dominantes de su época.

El objeto en el cielo siempre ha ido acompañado de las historias que se contaban sobre él, y esas historias solían tener mayor relevancia cultural que los propios avistamientos físicos.

Roswell se convirtió en noticia sensacionalista antes de transformarse en leyenda estadounidense. El Proyecto Libro Azul se convirtió en un archivo burocrático antes de convertirse en mito popular. El Informe Condon se convirtió en un extenso documento científico antes de transformarse en símbolo político.

El OVNI siempre ha ocupado dos dominios simultáneamente: los cielos físicos y el entorno informativo.

La profesionalización de la percepción

Si bien el Comité de Información Pública demostró que la opinión pública podía ser manipulada con éxito en tiempos de guerra, las décadas siguientes estuvieron dedicadas a un proyecto más profundo y, en ocasiones, más inquietante y éticamente complejo: el mapeo sistemático de la mentalidad estadounidense.

A finales de la década de 1940, las relaciones públicas habían evolucionado mucho más allá del colorido y sensacionalismo promocional de principios del siglo XX. Estaban pasando de ser un arte de persuasión agresiva y directa a una ciencia clínica de la ingeniería social. Los profesionales ya no se conformaban con gritar más fuerte que sus competidores; exigían una comprensión sistemática y empírica de cómo los seres humanos construyen confianza, gestionan crisis y se someten a la autoridad institucional.

Fue precisamente en este clima intelectual, y en ese mismo año decisivo de 1947, cuando nació la Sociedad de Relaciones Públicas de América (PRSA), forjada a partir de la fusión del Consejo Estadounidense de Relaciones Públicas y la Asociación Nacional de Consejos de Relaciones Públicas.

La consolidación de estos consejos evidenció que la comunicación ya no era una mera táctica corporativa dispersa, sino que se estaba convirtiendo en una profesión seria y objetiva, basada en la investigación rigurosa y la ciencia del comportamiento. Se la consideraba un proceso complejo, delicado y sistemático. Académicos y profesionales comenzaron a desentrañar el funcionamiento interno del mundo moderno, fomentando el estudio minucioso de cómo circula la información a través de las instituciones, cómo se establece la credibilidad y cómo se forma, se orienta y se mantiene la opinión pública.

Ya fuera en los pasillos del gobierno, en las salas de juntas de las empresas o en las universidades de élite, la comunicación se había convertido oficialmente en objeto de una intensa investigación científica. La coincidencia cronológica es… asombrosa, por así decirlo. En 1947, Washington construyó la compleja maquinaria de clasificación y secreto de Estado mediante la Ley de Seguridad Nacional. Ese mismo año, Kenneth Arnold avistó discos voladores sobre el Monte Rainier, y algo inexplicable sacudió el desierto cerca de Roswell. Y también en 1947, la industria de las comunicaciones consolidó su poder para dominar la ciencia de cómo la información, o su calculada ausencia, sería asimilada por el público.

Parte del trasfondo de la manera en que el Libro Azul ha manejado el problema de los OVNIs en los últimos doce años se encuentra en el informe completo del Panel Robertson de 1953. Dicho panel científico concluyó que no existía evidencia sólida de ninguna acción hostil por parte de OVNIs. La Agencia Central de Inteligencia (CIA), representada en las sesiones de redacción de políticas que clausuraron las actividades del Panel Robertson, solicitó a la Fuerza Aérea que adoptara una política de "desacreditación sistemática de platillos voladores" para disminuir la atención pública hacia los OVNIs. Los motivos de esta solicitud estaban relacionados con la oleada de informes de OVNIs de 1952, la mayor jamás registrada en Estados Unidos (posiblemente superada en intensidad por la oleada francesa del otoño de 1954).

En el verano de 1952, la cantidad de informes de OVNIs que llegaban a las bases aéreas de todo el país y otras partes del mundo era tal que la CIA los consideró un problema de seguridad nacional: en caso de un ataque enemigo al país, la saturación de los canales de inteligencia militar con un gran número de informes de OVNIs, evidentemente no hostiles, se consideraba un peligro. Esta solicitud de la CIA, realizada en enero de 1953, fue seguida por la promulgación, en agosto de 1953, del Reglamento de la Fuerza Aérea 200-2, que produjo una fuerte caída en los informes públicos de avistamientos de OVNIs de la Fuerza Aérea, al prohibir la divulgación, a nivel de base aérea, de cualquier información sobre avistamientos de fenómenos aéreos no identificados.

Todos los informes de avistamientos debían canalizarse a través del Proyecto Libro Azul, donde se han categorizado en gran medida como objetos convencionales con poca atención a las consideraciones científicas. Las restricciones implícitas en el AFR 200-2 se hicieron vinculantes con la promulgación del JANAP 146, que convirtió cualquier divulgación pública de información sobre OVNIs a nivel de base aérea o comando local (por cualquiera de los servicios militares y, bajo ciertas circunstancias, aerolíneas comerciales) en un delito punible con multas de hasta $10.000 y prisión de hasta 10 años. Estas regulaciones no solo han cortado casi todos los informes útiles de pilotos militares, operadores de torre y personal de tierra, sino que, aún más grave desde un punto de vista científico, Su drástico efecto ha sido la falta de disponibilidad de datos de radar militar sobre OVNIs. Antes de 1953, se divulgaron numerosos avistamientos de OVNIs por radar. Desde entonces, los avistamientos de radar militar se han visto comprometidos científicamente por negaciones confusas y alusiones a "inversiones meteorológicas" cada vez que se filtraban accidentalmente observaciones de radar en medio de un episodio de OVNIs. El Reglamento 200-2 de la Fuerza Aérea contenía la advertencia específica de que "las actividades de la Fuerza Aérea deben reducir al mínimo el porcentaje de objetos no identificados". Esto se ha logrado.


Un aparato aprendía a ocultar la verdad; otro surcaba los cielos; y un tercero aprendía a manipular la realidad. En retrospectiva, esta convergencia histórica resultó bastante inquietante.

La misma época cultural que pobló los cielos estadounidenses con objetos cinéticos irreconocibles también dio origen a los arquitectos profesionales de la percepción humana. El platillo volador no se estrelló en el vacío; aterrizó directamente en la mesa de operaciones del primer laboratorio de información plenamente desarrollado del mundo.

Información y mediación

Dos características de los entornos en línea —el cambio en la percepción del tiempo y la creación de plataformas que conectan a grandes poblaciones— propiciaron una narrativa popular sobre los OVNIs potencialmente democrática y autónoma, al menos durante la década de 1990 y principios de la de 2000. Los marcos temporales digitales, en los que la información se comparte casi instantáneamente entre muchas personas, no existían para las tres primeras generaciones de personas influyentes en el ámbito gubernamental de los OVNIs. Un marco temporal lineal benefició y permitió a personas influyentes como Hynek mantener una narrativa gubernamental, ya que la información tardaba en circular por las comunidades y poblaciones.

Cuando Hynek visitaba lugares de avistamientos de OVNIs, sus evaluaciones llegaban a los medios locales y, en general, nunca atraían la atención nacional. Estas condiciones ayudaron a Hynek a controlar el folclore OVNI. Solo debido a la gran cantidad de personas involucradas en el escándalo OVNI de Michigan, este modelo se vio cuestionado, y el interés de Gerald Ford contribuyó a que alcanzara notoriedad nacional.

– Diana Pasulka, Controlling the Lore, de Living Folk Religions (Routledge, 2023)

Daily Illinois, 26 de marzo de 1966, pág. 3

Una sociedad de la información no es inherentemente una sociedad mediada. La información en bruto, por sí sola, es un paisaje plano, la mera circulación horizontal de hechos, frecuencias, imágenes y observaciones sin procesar. Los periódicos publican eventos; las radios transmiten discursos; las cámaras capturan la luz que rebota en una superficie metálica. En este estado, la información no es más que datos en movimiento.

La mediación es un acto de alquimia institucional. Comienza cuando las arquitecturas especializadas asumen la responsabilidad no solo de transmitir datos, sino también de autorizar su significado. La civilización moderna se define por esta dependencia de una intrincada red de guardianes interpretativos. Las agencias de inteligencia filtran la información relevante; los científicos distinguen las anomalías válidas de los errores estadísticos; los periodistas transforman eventos caóticos en narrativas coherentes; los profesionales de relaciones públicas generan credibilidad; y los tribunales emiten veredictos vinculantes sobre lo que es legalmente real. Cada vez más, el ciudadano no solo depende de las instituciones para que informen sobre lo sucedido, sino también para que dicten el significado real de esos sucesos.

Si bien tecnologías como el telégrafo y la radio ya habían transformado la vida pública estadounidense, la nación cruzó un importante umbral psicológico a la sombra de la Segunda Guerra Mundial. La información se convirtió en un recurso estratégico y la mediación pasó a ser la función dominante del Estado y del aparato corporativo. Estados Unidos invirtió miles de millones en organizaciones vastas y sofisticadas cuyo verdadero producto era la clasificación, la gestión y la legitimación de la realidad misma.

Fue precisamente en esta encrucijada histórica donde se materializó el OVNI moderno. El platillo volador no cautivó la imaginación estadounidense simplemente porque los ciudadanos de repente poseyeran más datos brutos que sus antepasados. Surgió en el preciso momento en que los estadounidenses comenzaron a depender por completo de instituciones especializadas para interpretar sus datos. El OVNI pasó de ser un objeto esquivo de observación física a un objeto hipermediatizado y volátil, objeto de interpretaciones controvertidas.

La historia de los OVNIs no es, por lo tanto, una mera crónica de avistamientos anómalos; es una historia de mediadores de la realidad que compiten entre sí. Esta perspectiva puede ayudarnos a imaginar un marco diferente para narrar todo el fenómeno. En lugar de organizar la historia de los OVNIs en torno a oleadas cronológicas de avistamientos o investigaciones militares específicas, podemos trazarla a través de la sucesión de guardianes que han intentado desesperadamente atribuirse el derecho a determinar su significado.

  • La prensa (1947-1952) | El titular sensacionalista: La era del sensacionalismo puro, donde el platillo volador fue un fenómeno caótico y lucrativo para la prensa escrita, impulsado por testigos locales y redacciones competitivas antes de que el Estado pudiera erigir sus barreras.
  • Las Fuerzas Armadas (Proyectos Sign, Grudge, Blue Book y, posteriormente, AATIP , AAWSAP y AARO) | La cuarentena burocrática: La era de la defensa nacional, que intentó colonizar el misterio y reformular lo desconocido como una responsabilidad cinética de la aviación de la Guerra Fría que debía gestionarse y minimizarse.
  • Instituciones científicas (el Panel Robertson, el Comité Condon, el Proyecto Galileo) | Contención epistémica: La era del rechazo académico, donde los organismos científicos de élite se convirtieron en armas para diagnosticar la anomalía como una patología psicológica, estableciendo un tabú riguroso diseñado para exiliar el tema de la investigación seria.
  • Hollywood y la cultura popular | Traducción mítica: La era del desplazamiento imaginativo, donde el silencio institucional obligó al fenómeno a adentrarse en el lucrativo mundo de la ciencia ficción, convirtiendo ansiedades clasificadas en folclore cinematográfico global.
  • Inteligencia y Seguridad Nacional | Opacidad estratégica: La era del presupuesto negro, que trata este fenómeno como un activo en el tablero de ajedrez de inteligencia, un vector para la guerra psicológica o un secreto de Estado estrictamente guardado.
  • El Congreso y la Supervisión | La influencia demócrata: La era de la fricción institucional, donde los legisladores instrumentalizan el misterio como herramienta para la transparencia gubernamental, la protección de los denunciantes y la rendición de cuentas constitucional.
  • Plataformas digitales | El salvaje oeste algorítmico: La era contemporánea, donde el fenómeno está fragmentado en redes descentralizadas, balcanizado en cámaras de eco en línea y mediado no por guardianes oficiales, sino por métricas de participación e inteligencia de fuentes abiertas (OSINT) obtenida mediante crowdsourcing.

El fenómeno OVNI sigue siendo, de forma fascinante y obstinada, un enigma sin resolver, no porque la telemetría física sea inconclusa, sino porque ninguna institución ha logrado obtener el monopolio absoluto de su interpretación. Es la máxima incógnita informativa, que se escapa constantemente de las manos de las mismas sociedades que construyeron el mundo moderno para controlarla.

Revelación de información en un estado de mediación

En retrospectiva, parece claro que el registro visible del surgimiento del problema OVNI en 1947 es principalmente un registro periodístico. Si bien científicos, militares y algunos portavoces gubernamentales desempeñaron papeles menores en la dramática irrupción de los OVNIs en la escena moderna, los periodistas escribieron y difundieron las líneas clave que hicieron que su papel en este drama fuera preeminente…

Sin duda, la mayoría de los lectores quedarán tan asombrados como yo al darse cuenta de que, ya en las dos primeras semanas posteriores al informe de Kenneth Arnold sobre el Monte Rainier el 24 de junio de 1947, los informes de prensa sobre otros avistamientos estadounidenses de objetos aéreos altamente no convencionales no se contaban como la docena que la mayoría de nosotros podríamos recordar, sino que ascendían a muchos cientos.

– Dr. James McDonald, físico sénior del Instituto de Física Atmosférica de la Universidad de Arizona, introducción al Informe de Ted Bloecher sobre la Ola OVNI de 1947, Comité Nacional de Investigaciones sobre Fenómenos Aéreos (NICAP, 1967).

Esta constatación puede ayudarnos a comprender con mayor claridad el debate contemporáneo en torno a la "divulgación".

En mi trabajo reciente, he explorado cómo la revelación nunca es un evento aislado, ni una presentación dramática y cinematográfica de una verdad oculta, sino más bien un proceso ecológico que involucra instituciones, tecnologías, audiencias, incentivos cambiantes y narrativas contrapuestas. La información rara vez surge espontáneamente; e incluso cuando lo hace, circula a través de sistemas diseñados que dictan qué se vuelve creíble, qué se suprime y qué permanece perpetuamente sin resolver. Un proceso que mi colega, la Dra. Diana Pasulka, ha examinado a través del ejemplo de los mecanismos de redacción de la Iglesia Católica Romana para adecuar los supuestos milagros a la doctrina y el dogma de la Iglesia.

Desde esta perspectiva, la evolución paralela del mito moderno de los OVNIs y el auge de la comunicación estratégica es más que una simple anécdota histórica. Ambos son síntomas de la misma transformación macroeconómica. Ambos surgen del nacimiento del estado mediador estadounidense.

Este es un tema que investigué en mi reciente presentación para los Archivos de Anomalías en Austin, Texas, titulada Accidentes extraños: anomalías en el límite de la percepción.

A medida que las redes de sensores, las infraestructuras de datos, los sistemas de detección automatizados y la observación por máquinas continúan expandiendo el alcance de la percepción, generan cada vez más objetos y eventos que superan los marcos interpretativos establecidos. En lugar de preguntarnos qué son los UAP (fenómenos aéreos no identificados), podemos examinar cómo los regímenes modernos de vigilancia, detección e hipercomunicación producen anomalías como una característica estructural de su funcionamiento y, a su vez, cómo estas anomalías se revisten de narrativas que buscan cerrar la brecha de comprensión que se abre con su aparición.

Desde las señales de radar y las imágenes satelitales hasta la clasificación algorítmica y la detección en red, los objetos anómalos emergen en los límites de nuestro campo de observación intensificado. Los OVNIs/FANIs son más que simples objetos misteriosos en el cielo; son productos directos de una transformación histórica en la percepción misma.

El fenómeno OVNI, como «extraño accidente», ocupa un lugar particularmente problemático dentro de la transformación cultural del siglo XX, ya que se resiste obstinadamente a una clasificación estable, al tiempo que exige constantemente explicaciones. Persiste a pesar de ochenta años de esfuerzos institucionales por desestimarlo, normalizarlo, comercializarlo o convertirlo en un arma. Pocos fenómenos culturales han demostrado una resiliencia tan profunda en entornos mediáticos radicalmente diferentes.

Donald Keyhoe y las relaciones públicas de lo desconocido

“No estoy diciendo que la Fuerza Aérea haya mentido deliberadamente… Creo que les preocupaba la reacción del público. Piensan que si hacen una declaración tajante de que son interplanetarios… podría causar casi pánico.”

– Donald Keyhoe, de su entrevista con Mike Wallace en el programa The Mike Wallace Interview de ABC, 8 de marzo de 1958.

Resulta de lo más apropiado que el hombre que transformó el platillo volador de una curiosidad marginal en una gran obsesión nacional no fuera un científico, un soldado ni un místico. Era un experto en relaciones públicas.

Antes de convertirse en uno de los investigadores civiles de OVNIs más formidables y famosos de mediados del siglo XX, Donald E. Keyhoe forjó su carrera como escritor de aviación y relaciones públicas para la floreciente industria aeronáutica. Esta trayectoria es clave para comprender su legado.

Keyhoe poseía un conocimiento profundo y especializado del funcionamiento de la comunicación moderna. Sabía exactamente cómo se fabricaban las narrativas institucionales, cómo se utilizaban los comunicados de prensa para apaciguar a la opinión pública, cómo se desplegaban las filtraciones estratégicas y cómo se dosificaba la información sensible mediante la divulgación selectiva.

Cuando Keyhoe centró su atención en los platillos voladores a finales de la década de 1940, no abordó el tema como un aficionado ingenuo que recopilaba historias fantásticas de avistamientos extraordinarios. Lo abordó como un auditor de comunicaciones experimentado que analizaba una campaña de relaciones públicas fundamentalmente fallida.

“Esta es la historia real más interesante e importante que jamás hayamos publicado. Es completamente cierta. Podemos documentar cada suceso aquí relatado. Tenemos la firme convicción de que la conclusión a la que se llega en esta historia es un hecho: que… ¡LOS PLATILLOS VOLADORES SON REALES!”


Su trabajo para la revista True y sus posteriores bestsellers eludieron sistemáticamente la simple pregunta de ¿Qué son? para indagar en una vulnerabilidad institucional más peligrosa: ¿Por qué las explicaciones oficiales son tan absurdamente inconsistentes? Una pregunta que sigue presente en la difusión del tema OVNI hasta el día de hoy.

En este contexto, aceptar o no las conclusiones finales de Keyhoe —que la Tierra estaba bajo vigilancia sistemática por parte de inteligencia extraterrestre— es secundario a su metodología. Desde los inicios del mito moderno de los OVNIs, uno de sus artífices más influyentes no solo se interesó por anomalías aéreas aisladas, sino que también prestó especial atención a las torpes y evasivas estrategias de comunicación oficiales que las rodeaban.

En retrospectiva, el enfoque de Keyhoe fue profético. Décadas antes de que los teóricos académicos comenzaran a analizar las "ecologías mediáticas", la "política de la información" o la "gestión estratégica de la narrativa", Keyhoe comprendió que el verdadero misterio de los OVNIs no se desarrollaba en la prístina atmósfera superior. Se desarrollaba en tiempo real dentro de las ruedas de prensa del Pentágono, las declaraciones oficiales fuertemente censuradas, los informes militares contradictorios y la creciente y corrosiva brecha entre el secreto institucional y la confianza pública. Reconoció que el Estado estaba perdiendo el control de su narrativa y que, en una sociedad de la información, perder la narrativa representa un fracaso catastrófico para la seguridad nacional.

La República y el Fenómeno

La mayoría de la gente en todo el mundo empezó a enterarse de la existencia de platillos voladores una o dos semanas después del avistamiento de Arnold. Desde finales de junio hasta mediados de julio, los periódicos informaron sobre platillos voladores que surcaban el espacio aéreo estadounidense (…).

A medida que se extendían las noticias sobre los platillos voladores, los periódicos empezaron a especular sobre qué o quién podría estar detrás de estos objetos voladores. En aquellos primeros días, las sospechas recayeron sobre algunos de los sospechosos habituales: militares probando nuevos tipos de aeronaves, experimentos atómicos, armas secretas de Estados Unidos o la Unión Soviética. Pero algunos consideraban que las naves espaciales extraterrestres eran una posibilidad real, inspirándose en los cómics y la ciencia ficción de la época.

– Greg Eghigian, Después de la llegada de los platillos voladores: una historia global del fenómeno OVNI (Oxford University Press, 2024)

Mientras Estados Unidos celebra su 250 aniversario en 2026, otra línea temporal transcurre paralelamente a la de la República. Durante casi un tercio de la historia de esta nación, los estadounidenses han coexistido con los OVNIs. Durante ese mismo periodo, también han vivido inmersos en un ecosistema invisible y cada vez más sofisticado de relaciones públicas, operaciones de inteligencia, comunicaciones estratégicas y medios de comunicación.

Históricamente, estas narrativas se han mantenido estrictamente separadas: una como historia de anomalías marginales, la otra como historia de los medios modernos. Quizás sean simplemente capítulos distintos del mismo libro.

El misterio que perdura puede no ser simplemente lo que ha estado surcando los cielos de Estados Unidos durante los últimos setenta y nueve años. El verdadero misterio podría ser lo que esas persistentes anomalías revelan sobre una sociedad que, en el preciso momento en que se convirtió en la primera superpotencia informativa del mundo, también se convirtió en la propagadora más prolífica de un misterio irresoluble y un poderoso mito cultural.

Durante casi un tercio de su existencia, Estados Unidos ha sido una nación cuyos cielos están plagados de OVNIs. Y, quizás igual de significativo, ha sido una nación que ha aprendido a convivir con los misterios en una era cada vez más definida por la ilusión de que podemos saberlo todo.

El Estado de Mediación Estadounidense

«En general, no vemos primero y luego definimos, sino que definimos primero y luego vemos. En la gran y bulliciosa confusión del mundo exterior, seleccionamos lo que nuestra cultura ya ha definido para nosotros, y tendemos a percibir aquello que hemos seleccionado de la forma estereotipada que nuestra cultura nos ha impuesto.»

— Walter Lippmann, Opinión pública (Harcourt, Brace & Co., 1922)

Lo que surgió tras la Segunda Guerra Mundial fue algo aún más singular que una sociedad de la información: Estados Unidos se convirtió en un estado mediador.

La nación comenzó a producir cantidades de información sin precedentes, lo que llevó a una creciente dependencia de instituciones especializadas para interpretar, traducir, clasificar y legitimar la realidad misma. Las agencias de inteligencia mediaban en la seguridad nacional. Las relaciones públicas mediaban en las organizaciones. El periodismo mediaba en la actualidad. Las universidades mediaban en el conocimiento especializado. Hollywood mediaba en la imaginación cultural. El Congreso mediaba en la rendición de cuentas pública. Las instituciones científicas mediaban en la evidencia. La televisión, y más tarde internet y las redes sociales, mediaban en la experiencia cotidiana.

Cada vez más, los estadounidenses no solo se enfrentaban a los acontecimientos de forma directa, sino que también se encontraban con instituciones que explicaban su significado, tal como habían predicho pensadores como el periodista estadounidense Walter Lippmann a principios del siglo XX.

El fenómeno OVNI ocupa un lugar singular dentro de esta estructura, ya que nunca ha permanecido en manos de un único mediador. Ha circulado continuamente entre testigos militares, agencias de inteligencia, científicos, periodistas, cineastas, personas que han tenido experiencias paranormales, artistas, legisladores, impostores y, ahora, plataformas algorítmicas, cada uno intentando estabilizar su significado. Sin embargo, el fenómeno se resiste persistentemente a una interpretación definitiva. En lugar de alcanzar un consenso, sigue migrando de una institución a otra, poniendo de manifiesto las fortalezas, las limitaciones y las autoridades contrapuestas de cada una.

Visto desde esta perspectiva, el OVNI es más que un objeto inexplicable en el cielo. Es una anomalía persistente dentro del actual entramado global de la información. El OVNI es un fenómeno que ha acompañado el auge de las instituciones de información estadounidenses, revelando continuamente que ninguna institución por sí sola posee la autoridad para definir la realidad de una vez por todas.

– Un agradecimiento especial a José Herrera por recordarme el ensayo de la Dra. Diana Pasulka, "Controlando la tradición".




Modificado por orbitaceromendoza

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