Caleufú, La Pampa: En la plaza del pueblo (20 de julio de 1994)
por Dr Roberto Banchs
Crédito: Visión OVNI
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| Bernardino Cabrera. |
“Delirio,
alcoholismo”. He aquí el diagnóstico presuntivo asentado en la planilla
diaria de guardia del Establecimiento Asistencial Luis A. Petrelli, de
Caleufú, Pcia. de La Pampa, adonde
concurrió en la madrugada del 20 de julio de 1994 Bernardino C., un peón
rural de 34 años de edad. De algún modo, este preliminar dictamen
médico -luego moderado con la añadidura de un signo de interrogación, y
con las declaraciones públicas del facultativo-, inauguraba la difusión
de un suceso ocurrido horas antes, cuando el susodicho habría sido
introducido a una nave espacial, en cuyo interior le habrían extraído
sangre y mantenido un corto diálogo “sin hablar” con extraños seres.
El relato periodístico:
Según
la versión publicada un mes después (cuando trascendió la noticia) en
el diario La Arena, de Santa Rosa, el protagonista de esta historia se
dirigía en la madrugada del miércoles 20 de julio desde su casa hasta el
centro de Caleufú y cuando se disponía a cruzar los terrenos del
ferrocarril, advirtió una potente luz, con algunos colores rojizos, que
se le aproximaba desde arriba. Se trataba de una nave. De ella
descendieron por lo menos dos seres gigantescos y luego de perder el
conocimiento, lo habrían introducido al aparato, donde había una especie
de camilla en la que le extrajeron sangre.
Bernardino habría
afirmado que le pidió a los seres que no lo mataran y éstos, con gesto
benévolo, le transmitieron que “sólo había sido elegido para extraerle
sangre” y que no le harían ningún daño. El testigo pareció quedar
complacido. Después de todo, a despecho de los humanos, que unos
extraterrestres lo hayan elegido para extraerle algunos litros de
sangre, era motivo de satisfacción. Los seres no hablaban, pero él
comprendía lo que le decían. En el corto diálogo que mantuvo, con
proverbial sabiduría, le manifestaron que si deseaba contar su
experiencia podía hacerlo, aunque “algunos le creerían y otros lo
tomarían por loco”.
Luego de la extracción de sangre, y de
acuerdo al relato de algunos familiares (un hermano y la cuñada) al
programa televisivo Primer Plano, que emite canal 3 de Santa Rosa, el
testigo fue depositado en plena plaza pública de la localidad de
Caleufú, enfrente de la comisaría, desde donde se trasladó al hospital
local, siendo atendido por el médico de guardia, Juan Alberto Breppe. El
facultativo expresó en la audición televisiva que Bernardino C., al
momento de ser revisado, no presentaba signos de ebriedad, ni pudo
constatar anormalidad alguna.
El subcomisario Felipe Exner
confirmó la versión, señalando que “es un joven trabajador de condición
humilde, no tiene mucha cultura, pero no es una persona de mal vivir”.
Sin embargo, agregó que en el pueblo la gente tomó el tema con
escepticismo y que todos comentan, con suspicaz exclamación: “¡Justo a
él lo van a agarrar!”. Hasta la misma familia de Bernardino parece
guardar ciertas sospechas respecto a la veracidad del caso.
No
obstante lo dicho y su amplia divulgación, el protagonista no pudo ser
localizado por los medios periodísticos, pues se habría trasladado a
General Pico, dejando entrever que “no quiere volver a la zona”, sin
llegar a determinar si es por la experiencia vivida o por los
comentarios generados en el lugar.
La investigación
Llegamos
a Caleufú, Dpto. Rancul, al norte de la provincia de La Pampa, tras
recorrer unos 600 kilómetros, por carreteras cada vez menos transitadas.
Se trata de un pueblo que se insinúa al olvido, asomando como fantasmas
los vestigios del ferrocarril, con su vieja estación abandonada. Un
descampado de pastos crecidos y una huella estrecha une ambos lados del
pueblo. El único hotel, de añosos ladrillos, se erige como recuerdo de
tiempos mejores. Sólo algunas calles conocen del asfalto, precisamente
las más céntricas, en torno a la pulcra plaza San Martín. Sus
polvorientas calles de tierra están aquietadas por la fina lluvia que
cae, y nos recibe. Escenario donde se habrían desarrollado los hechos.
En
la entrada del pueblo se encuentra una despensa. Allí detenemos nuestra
marcha. Preguntamos por el protagonista y, con miradas que se cruzan y
algún esfuerzo, una mujer nos dice: “¡Ah, ya se quién es, el que se lo
llevó el viento!”. Todos parecen asentir. “Es que permanece mucho tiempo
en campos de la zona”, agrega. Por un momento, recordamos a W. Wentz
con sus narraciones célticas acerca de la evocación de los gnomos y el
modo en que las hadas podían llevarse a las personas (Cfr. J. Vallée,
p.123), pero el sentido de la expresión utilizada era mucho más prosaico
y vulgar.
Nos dirigimos entonces a la Comisaría de Caleufú. Allí
nos atiende y conversamos con su actual comisario. El funcionario
policial define al protagonista del caso como “un alcohólico, que
convive con una enferma psiquiátrica (Estela S.)”. A veces, ella
concurre a la comisaría denunciando ciertos intentos de abuso sexual,
hostigada por su compañero bajo amenazas, pero cuando se hace presente
la policía, suele hallarse dormido. Omitiendo otros pormenores, esto
empieza a perfilar su conducta.
La policía no acredita en la
historia. Los comentarios de un suboficial que intervino en el caso
abonan la duda de que el OVNI haya podido bajar en la plaza principal,
porque “no hay donde pueda hacerlo -dice- y, además, habríamos notado la
presencia del aparato”. En efecto, la plaza es muy cerrada debido a la
vegetación y un edificio municipal, y el lugar donde habría aparecido
tras su presunta abducción se halla, precisamente, ¡frente a la
comisaría!
De allí vamos a la casa de Florencia, la madre del
protagonista. Mujer paciente, de llana simpleza. Sosteniendo un
cigarrillo entre sus ennegrecidos dedos, opina: “Yo no creo lo que le
pasó. Pero él dice que le ocurrió. Vaya a saber…”. Sin pruritos, aunque
con la mirada cabizbaja, reconoce que el problema de Bernardino es que
bebe mucho, aunque no cuando trabaja. Su hijo le contó que “los seres
prometieron que al año volverían a buscarlo (es decir, en julio de
1995), pero que también lo traerían de vuelta”. Allí advierte que ya
pasó la fecha indicada (es abril de 1996), sin novedades. Ese día es su
cumpleaños. También el de su hijo. Es feriado y Bernardino no está en el
pueblo. Ella seguirá esperando durante toda la jornada.
De la reunión de amigos
Siguiendo
las indicaciones pueblerinas, fuimos a ver a Santiago Omar Moreira,
dueño de la finca donde Bernardino alquilaba una habitación y con quien
esa noche, momentos antes de la presunta abducción, había estado
reunido.
Verborrágico y amable, Moreira opina sin rodeos: “¡Éste
fue un papelón bárbaro, son todas mentiras, es un embuste!”. Señalando
una precaria construcción en medio de pastizales, ubicada a unos ochenta
metros de su vivienda, comenta: “Estábamos juntos ahí. Él anduvo
tomando ahí, en la casita, cerca de donde habría sido levantado por el
plato volador. Estaba mamado (ebrio). Siempre que se mama se pierde. Le
hace mal, e inventa cualquier cosa. A las 11 u 11,30 de la noche se fue,
y es cuando dice que lo habrían levantado acá, que (el plato) se había
asentado ahí en la calle, pero no hay nada. Dónde va a bajar, si está
lleno de cables. ¡Un papelón! Aparte, si hubiera andado un plato volador
se hubiera sentido”. El sitio donde dice haber sido raptado, se
encuentra en la calle Moreno, casi esquina Bme. Mitre, frente a un
extremo del galpón nº 2 del ferrocarril, cuyas vías corren paralelas a
la citada arteria. “A esa hora -continúa diciendo- anda mucha gente que
va y viene, que está levantada. Hubieran visto, pero nada vieron. Para
mí, es una mentira que inventó, y que se ha largado a contar. Para él
fue eso, y se ha quedado con eso, nomás. Después no habrá querido dar
marcha atrás, porque quizá lo mandan adentro, y sigue. ¡Acá todos lo
saben!”.
El vecino de Caleufú ofrece más detalles: “Al otro día,
por la mañana, le digo que se levante, y me responde que no podía, por
el brazo. ‘Me agarró un plato volador -dice-, me sacaron sangre’. Decía
que le sacaron un bidón de sangre, ¡bidones nomás, como de treinta
litros!, ¿tendrá un tanque?, pensé. Andaba con el brazo duro, pero no
quiso mostrarme el pinchazo. A nadie de aquí se lo mostró. ¡Eran todas
mentiras! Es que cuando toma se pierde. Inventa cualquier cosa, porque
se olvida la cabeza”, insiste.
Apenas concluida nuestra charla
con Moreira, vamos hacia la casilla donde habían estado reunidos. Allí
vive Carlos Fabre, hombre educado y sereno, también presente en aquella
reunión. Haciendo un alto en sus tareas, le pedimos que nos cuente lo
ocurrido. Lo hace de esta manera:
“Bernardino estuvo acá esa
noche. Éramos sólo tres muchachos los que estábamos en la pieza. Él
estaba tomado (alcoholizado) y de acá se fue con sueño. Nada pasó, hasta
que al día siguiente contó que al irse y llegar hasta el poste de la
calle (se trata de una columna de madera para cables eléctricos ubicada a
unos 60 metros, enfrente de la finca de Moreira) le salió un plato
volador, y que se detuvo. Después el plato lo bajó, con puntería, allá
en la plaza, je”. Sin disimular lo risible del relato, Fabre hace
referencia a la Plaza San Martín, distante a 500 metros. “Decía que
tenía un pinchazo, pero no sé, porque el pinchazo no está, no lo he
visto. Según él, dentro del plato una enfermera de blanco le metió unas
agujas en el brazo para extraerle sangre, y le sacaron como veinte
litros, ¡más que a una vaca! Pero, para mí, el plato volador que vio se
lo ha llevado de acá, je. ¡Es que estaba tomado…!. De cualquier forma
-continúa-, nosotros tendríamos que haberlo visto, porque estábamos en
la piecita, con la puerta entreabierta, y de acá se tiene que ver. Pero
yo no he visto nada. Bernardino es un tipo trabajador y todo, pero
creería que fue por el vino que se le subió a la cabeza”, concluye
Fabre.
El desenfado visto en la narrativa de S.O. Moreira y C.
Fabre, personas allegadas al protagonista de la historia y presentes
junto a él en los momentos previos de su abducción, nos muestra con
crudeza sus impresiones. Insoslayables al tiempo de examinar las
circunstancias en que se produce el fantástico evento.
Entrevista con el médico Juan A. Breppe
El
director del Hospital Luis A. Petrelli, de Caleufú, doctor J. A.
Breppe, nos introduce en el tema comentando que había llegado al pueblo
con el propósito de radicarse exactamente un mes antes del episodio. No
conocía a nadie. “El 20 de julio de 1994, siendo las 5,00 horas de la
mañana -empieza a narrar-, se hace presente en el nosocomio el señor
Bernardino Cabrera, de 34 años, manifestando haber sido llevado o
secuestrado por un objeto volador. En esas circunstancias, afirma haber
sido súbitamente encandilado. Unos seres petisos de cabeza grande lo
suben a una nave y, en su ingreso, advierte que se encuentra en una sala
similar a un consultorio médico, o laboratorio químico, donde le sacan
sangre. ¡Litros de sangre, según dice, como un bidón de veinte litros!”
El
médico miró con escepticismo a su paciente, y le preguntó qué andaba
haciendo a esas horas, obteniendo como respuesta que “había estado en
una reunión de amigos comiendo un asado, y como era costumbre, dormía en
la casa de su novia, o en la de un vecino de apellido Moreira -donde
alquilaba una habitación- aunque, a veces, se iba a dormir a Buenos
Aires”. Esto le llamó mucho la atención, despertando mayores sospechas,
porque la ciudad capital se halla a más de 600 kilómetros de Caleufú.
Aún
cuando se mostraba seguro y visiblemente aterrorizado, sus respuestas
le hicieron pensar que se trataba de una persona que podía estar
alcoholizada, o con algún tipo de delirio. Siguiendo con el
interrogatorio, Bernardino sostuvo que la nave lo dejó en la plaza del
pueblo. Al lograr bajar, más o menos orientado, se dirigió hacia el
hospital, solicitando una consulta médica por la desmesurada extracción
de sangre y al miedo que tenía de marearse.
“En ese momento, ante
la revisión general, corporal, -continúa el doctor Breppe-, no
encuentro signo alguno de pinchazos, pero él continuaba manifestando que
le habían sacado esa sangre, del brazo izquierdo, con una gran aguja
que no le dolía cuando entraba. Se encuentra con los signos vitales
normales (presión, pulso, latidos y reflejos). No había ningún tipo de
alteración. Le hago un diagnóstico presuntivo de delirio o etilismo, y
lo cito para ese mismo día a las nueve de la mañana (unas tres horas
después) a fin de efectuar un control médico, al cual nunca concurrió”.
Jamás volvió a saber de él, salvo haberlo visto deambular por el pueblo.
Sin poder llegar a solicitar una interconsulta, o practicarle un
estudio que arroje resultados más precisos, cerró aquella presunción
diagnóstica con la añadidura de un signo de interrogación
“Después,
el personal de la institución, y todos aquí -comenta el facultativo- me
dijeron que se trataba de un paciente psiquiátrico. A pesar de que la
versión era bien sostenida y que consistía en mi primera experiencia
(ufológica), pensé que era un delirante”. Sin embargo, con posterioridad
algo le llamó la atención, haciéndole surgir una duda: “Esto ocurrió
18-19 días antes que se produjera la muy comentada estampida de animales
en la zona (n: sobre la cual se tejieron variadas lucubraciones,
algunas relacionadas con OVNIs). Porque si no fuera así -concluye el
abnegado profesional-, creería sin cavilaciones que se trata de una
fabulación”.
Otros datos médicos -que constan en su historia
clínica-, complementan nuestra indagación sobre el protagonista del
extraño caso. Por ejemplo, en 1987 tuvo un intento de envenenamiento en
estado de etilismo agudo, según relato de sus familiares, por una
ingesta de queroseno, pintura y champú. Meses más tarde, ingresa al
hospital después de ingerir algunos centímetros cúbicos de perfume,
luego de una abundante ingesta de alcohol. Tras estar internado, se le
concede el alta médica con indicación de interconsulta con psiquiatría.
Después de haber reunido este conjunto de informes y
opiniones, es claro advertir que son varios los aspectos de la vida de
Bernardino C. que levantaron dudas sobre su estabilidad y ajuste social.
No obstante, creímos conveniente verificarlo personalmente
Nuestro encuentro con Bernardino Cabrera
Desafortunadamente,
en el primer viaje a Caleufú no fue posible entrevistarnos con el
testigo, ya que -al parecer- no se hallaba en esa localidad.
Transcurrieron dos meses antes que pudiéramos regresar y, por fin,
encontrarlo. Era hora cercana al mediodía. Aún no había almorzado, pero
Bernardino ya estaba en pleno vermú.
Al exponerle el motivo de
nuestra visita, nos sorprende diciendo que está ocupado, y que para
hablar con él, había que llamarlo por teléfono una semana antes para
solicitarle una entrevista (!!), pasando a preguntar de inmediato por
tres chicas, mujeres jóvenes, de Santa Rosa -no da sus nombres- que
habían quedado en ir a verlo (??). Con cierto aire de lucimiento, e
intentando mantener el equilibrio, nuestro aspirante a gallardo testigo
se apuesta contra una pared. Manifestando nuestro asombro por disponer
de tal tecnología, ya que actualmente vive en una precaria casilla,
responde con algún titubeo que deberíamos telefonear a un familiar. De
inmediato vuelve a preguntar: “Entonces, ¿ustedes no son…, de las
chicas? Ellas quedaron en verme”, murmura por lo bajo.
Haciéndose
notar requerido y molesto, descarga sus tensiones con golpes monótonos
contra un viejo vehículo estacionado. Histriónico, tapa sus oídos con
ambas manos -como no queriendo escuchar- cuando le preguntamos por el
caso. Sin embargo, se muestra muy interesado y solicita ver los recortes
de prensa donde se lo cita, hallando inocultable placer al advertir su
nombre en los diarios.
Dice ponerse mal cuando cuenta lo
ocurrido, aunque asegura tenerlo muy presente. A pesar de la resistencia
inicial, no hace falta insistir demasiado para que acceda brindar un
fragmentado, contradictorio y -por veces- confuso relato.
Parece
poco probable que su contenido, descrito anteriormente en líneas
generales, vaya a contribuir al esclarecimiento del episodio, aunque
convenimos citar algunos puntos salientes de su nueva narrativa:
1)
El caso no habría ocurrido el miércoles 20 de julio, sino -según
afirma- el lunes 18, negando así lo expresado oportunamente ante la
policía, el médico, y vecinos del pueblo.
2) No fue en la plaza
pública de Caleufú donde habría sido dejado por los supuestos
extraterrestres, sino, prácticamente en el mismo lugar de la abducción, a
diferencia de lo que siempre hubo manifestado.
3) Según
Bernardino Cabrera, el médico de Caleufú no le practicó examen alguno
(“el médico ni me tocó, y quería darme una pastilla para dormir”, dice),
al contrario de lo que señala el facultativo en ocasión de ser
consultado sobre el episodio.
4) Asegura que los seres, al
extraerle sangre, le dejaron una marca claramente visible. Aunque
siempre remiso a exhibirla, en esta oportunidad y sin requerirlo, el
protagonista nos mostró una cicatriz de unos tres centímetros en el
antebrazo izquierdo, que -ni remotamente parecida a la ocasionada por
pinchazos- él atribuye a la citada extracción de sangre (curiosamente,
similar a otra que presenta cerca de la muñeca, sobre la que no da
explicación). Sin embargo, recuérdese que cuando fue inspeccionado por
el médico J. A. Breppe horas después del episodio, no tenía ninguna
señal.
5) Afirma que tras producido el encuentro, y desde
entonces, tiene problemas de tipo sexual. Sin ánimos de aventurar una
explicación, no sería ocioso mencionar que dichos trastornos son
frecuentes en sujetos alcohólicos, llegando al punto de anular la
sexualidad genital, iniciando una profunda regresión, en la que
especialmente impulsos pregenitales pasan a primer plano.
Los
datos obrantes y la observación psicoclínica del testigo permiten
advertir el peso de una estructura psicopatológica. Presenta una
constitución cicloide, tendencias agresivas o irritables, cierta
debilidad yoica (incapaz de soportar la abstinencia, el dolor, la
espera), y un carácter dominado por los instintos, cuyos deseos aparecen
con frecuencia encubiertos en la fantasía. Posee rasgos esquizoides y
depresivos. Es posible constatar una fijación oral y características
narcisistas con fuerte intolerancia a las tensiones, y frustraciones de
su entorno. Sus mecanismos usuales son la fuga y la evitación, frente a
la imposibilidad de enfrentar situaciones que lo lleven a resolver sus
conflictos por una vía más madura.
Puede inferirse una
predisposición a reaccionar a los efectos del alcohol, intentando
satisfacer su arcaico anhelo oral y la necesidad de seguridad y de
conservar la autoestima.
Consideraciones finales
La
investigación nos ha llevado a indagar distintos aspectos de la
personalidad de Bernardino Cabrera, la cual pone en evidencia que se
trata de un sujeto con una patología psiquiátrica de base, mostrando un
severo trastorno de conducta, en el que la ingestión excesiva habitual
de alcohol acompaña el cuadro de deterioro de su salud mental y ajuste
social. Al respecto, no sería vano determinar si existe un compromiso
orgánico del sistema nervioso y efectuar un diagnóstico diferencial.
Desde
luego, su padecimiento no alcanza a “explicar” por sí mismo el hecho
descrito, pero arroja inexorablemente un manto de sospecha sobre la
probidad del testimonio ofrecido. Aún más, si aceptamos que esa noche,
momentos antes de ocurrir la abducción -según lo expuesto por sus dos
amigos-, el testigo se había retirado en estado de ebriedad. Como es
sabido, los signos conductuales de la intoxicación se deben al efecto
depresor del alcohol sobre el sistema nervioso, que actúa como un
anestésico general, produciendo un desarreglo de las funciones normales
del cerebro (v.g., una concentración de alcohol en sangre del 0,40%,
tiene como efecto percepciones erróneas, estuporosas o comatosas).
No
se trata de sostener que un sujeto que haya bebido gran cantidad de
alcohol -por razones sociales u otras-, en una ingestión episódica
excesiva, alucina platos voladores (aunque posible de ocurrir). Aquí nos
hallamos, en cambio, con un cuadro que revela el trasfondo de una
personalidad sufriente, en donde se activa un conjunto de factores
determinantes (socioculturales, familiares e individuales) que son, con
frecuencia, los que impulsan aquellas visiones fabulosas.
Así,
pues, el recorrido crítico de esta investigación permite inferir que el
episodio narrado no tiene ningún asidero con la realidad. No escapa a
pensar, incluso, en una flagrante superchería. Puede desprenderse con
facilidad que Bernardino Cabrera no es, precisamente, lo que suele
llamarse un testigo calificado, aunque -como dicen los creyentes- “no
haya parámetros conocidos en ninguno de los casos registrados en el
mundo, respecto a la selección de testigos”. Pero, más allá de su
discutida calidad como testigo, el relato no ofrece la mínima
consistencia y, por el contrario, posee muchos puntos oscuros, absurdos y
contradictorios.
Una de las razones -sino la única- que
pareciera respaldarlo o, al menos, hablar a su favor, es que el Dr. J.
A. Breppe, procediendo al control médico rutinario no observó
alteraciones significativas, como signos visibles de alcoholismo (aunque
recuérdese que nuestro testigo se ausentó cuando fue requerido para un
nuevo examen). Sin embargo, debemos hacer notar que Bernardino se habría
retirado de la reunión de amigos en presunto estado de ebriedad a eso
de las 23-23,30 horas, apareciendo por la guardia hospitalaria recién a
las 5,00 de la mañana. Vale decir que hubo un período de cinco o seis
horas (en el que se desarrolló su historia) antes de hacerse presente en
el nosocomio.
Quizá sea pertinente mencionar que la experiencia
narrada se inscribe en el contexto subsiguiente a la estruendosa
noticia, difundida por todos los medios periodísticos, sobre “un
científico (el psiquiatra John Mack) que asegura que son ciertas las
historias de quienes se dicen secuestrados por extraterrestres” (v.g.
rev. Conozca Más, Nº 69, julio 1994, ps. 9/15, et.al), anticipando la
aparición de su libro Contactos (Abduction) en el mercado local.
Por
otra parte, no es la primera vez que en la provincia de La Pampa
ocurren episodios de este género. En abril de 1980, el vecino de Santa
Rosa, Fermín Nelson Sayago, que por entonces tenía 32 años, vivió una
rara experiencia cuando transitaba con su automóvil por una avenida y se
le detuvo el motor. Al descender, advirtió a dos humanoides y, antes de
poder ingresar al vehículo, uno de los seres le oprimió la cabeza y se
desmayó, despertándose media hora después, a diez cuadras de su
automóvil. Un hecho todavía más espectacular se produjo el 9 de agosto
de 1983, cuando un comerciante de la localidad de Winifreda, Julio
Platner, de 33 años, dice haber sido enceguecido por una potente luz y
despertado dentro de una nave, en una suerte de quirófano muy iluminado,
frente a cuatro seres, que le transmitieron mentalmente que no se
asustara. Ubicado en un sillón o camilla, le extrajeron sangre de la
muñeca y del codo del brazo derecho. Luego apareció en un camino vecinal
que conduce a la Villa Marisol. También, el 29 de mayo de 1986 un joven
de Santa Rosa afirmó haber sido visitado por dos seres en su casa, que
parecían formar una pareja y eran de gran estatura.
El caso de
Caleufú viene a cerrar, por un momento, el periplo de los informes sobre
las visitas alienígenas en las regiones pampeanas. No obstante, la
respuesta al interrogante inicial parece hallarse -como hemos ido
discurriendo- en la psique humana, antes que en el espacio cósmico.
Referencias periodísticas sobre el caso:
La
Arena, Santa Rosa, 20 agosto 1994; Crónica (vesp.), Buenos Aires, El
Litoral, Santa Fe, El Territorio, Posadas, 21 agosto 1994; La Prensa,
Buenos Aires, La Razón, Buenos Aires, Los Andes, Mendoza, 23 agosto
1994; y Crónica, Comodoro Rivadavia, 24 agosto 1994.
Bibliografía consultada:
Mack, John E. Contactos, Edit. Atlántida, Buenos Aires, 1995.
Page, James D. Manual de Psicopatología, Edic. Paidós Ibérica, Barcelona, 1982, Cap. XIII, ps. 321/337.
Vallée, Jacques. Pasaporte a Magonia, Plaza & Janés, Esplugas de Llobregat, 1972, p. 123
http://www.visionovni.com.ar/modules/news/article.php?storyid=921